Diario de León
Siluetas en el vacío, 2026.

Siluetas en el vacío, 2026.DAVID CAMPOS

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Alberto Flecha

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Las celebraciones del 1º de mayo han abandonado las portadas. Apenas unas fotos y un titular lacónico.

Como el de la fiesta en León, que nos habla de una participación desvaída por el puente y el buen tiempo. O eso dicen, porque lo cierto es que el trabajo ya no es aquella forma de estar en el mundo que fue en otros tiempos. Por las calles de las principales ciudades leonesas se desplegaron carteles y banderas. Gente de todo tipo, aunque algunos señalan que faltan jóvenes, que ya no se sienten identificados con estas liturgias. Ahora el trabajo es un rasgo más de esta sociedad líquida, es algo fluido, algo que no nos determina. Se trabaja para conseguir lo que necesitamos. O lo que nos gusta. Para expresarnos como turistas de fin de semana o como felices consumidores en la terraza de un bar. Hace unos días el músico Rodrigo Martínez me mandaba uno de sus últimos vídeos. Un concierto donde aparecía en tinieblas agarrado a un instrumento de cuerda y cantando una canción de folk leonés. El público escuchaba con silencio reverencial una tonada que hablaba de los labradores de los llanos, de los segadores de ribera, de los molineros de los ríos y de los pastores de las peñas.

La letra reproducía un mundo que ya casi no existe, donde el oficio era la cicatriz en la cara, la marca que a todos y en todas partes acompañaba. Es el rastro de esos rostros antiguos que Pasolini vio apagarse bajo las luces feroces de los grandes comercios; él llamó a aquello la desaparición de las luciérnagas, una mutación que borraba la cultura de la tierra para sustituirla por la máscara uniforme de los compradores.

La canción, además, suma un apellido geográfico a cada uno de los oficios. El llano y las riberas, las peñas de los riscos. El país con aquel sentido que le daba mi abuelo.

El pagus latino, la obra del ser humano hecha a fuerza de años y de esfuerzo. El origen de la palabra paisano, que tan hondo significado tiene en ese leonés tan nuestro. Y tan honda dignidad. Los que se vestían por los pies y construyeron el paisaje golpe a golpe, haciéndolo suyo y sintiéndolo propio. Hoy esa relación se ha roto. Desde las terrazas de los bares los jóvenes ven pasar un manifestación de boomers. Los lugares ya no son una obra nuestra, son experiencias. Trabajamos en espacios que no dejan poso, en tareas que no transforman nada reconocible. No hay huella. No hay continuidad. Y sin obra, sin rastro, es difícil reclamar pertenencia. Por eso quizá cuesta tanto hoy pronunciar ciertas palabras sin que suenen huecas. País, pueblo, incluso trabajo. Antes remitían a algo visible, tangible, acumulado con el tiempo, pero ahora flotan como flotan las biografías y los contratos. No es que falten jóvenes en las manifestaciones, falta una experiencia común que sostenga el gesto.

¿Qué se reivindica cuando el trabajo ya no construye mundo, sino que simplemente permite circular por él? Aquellos trabajadores levantaron una tierra, los de hoy apenas pasan por ella. Y en ese tránsito el país se vuelve más difícil de nombrar como propio. Porque ya no lo hacemos. Porque ya no lo estamos haciendo.

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