Diario de León
Imagen del humo de un incendio.

Imagen del humo de un incendio.david campos

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Alberto Flecha

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Estos días el humo de Castru entra por la rendija de las ventanas, se mete en las casas y deja un poso gris en el aire. Sin embargo, en las pantallas del operativo y en los informativos, el incendio lleva el nombre de los carteles y los informes: Castropodame. Los mapas oficiales exigen precisión administrativa. Pero los nombres populares no nacieron para clasificar el suelo desde un despacho, sino para que sus habitantes reconozcan la tierra que pisan. Y con ese nombre, Castru, es como nombran, en los pueblos de alrededor, al lugar donde el fuego está devorando hectáreas y hectáreas de monte. Durante siglos, el paisaje fue algo más que un recurso forestal o una partida presupuestaria: era el suelo en el que una comunidad aprendía a nombrarse. Yi-Fu Tuan llamó topofilia a ese vínculo afectivo que convierte un espacio neutro en un lugar. Los topónimos —Murias, la linde de piedra amontonada; Requejo, el rincón resguardado— son la huella que deja ese lazo cuando atraviesa las generaciones. Quizá las palabras no creen el afecto, pero sí lo custodian en el tiempo. Por eso el fuego no destruye únicamente la biomasa; quiebra la confianza y los afectos. Cuando un paisaje arde verano tras verano, va dejando de ser el mapa de la pertenencia para convertirse en una amenaza latente, una sombra que tarde o temprano volverá a cernirse sobre nosotros. Cada incendio erosiona el vínculo un poco más, secando la memoria. Y cuando la tierra deja de sentirse como propia, el arraigo termina cediendo ante la lógica de la supervivencia. Los centros de mando y los telediarios no registrarán esa fractura. Conservarán la cuadrícula, las coordenadas UTM y los topónimos oficiales, aunque las llamas hayan minado la continuidad de la vida en los valles. Poco a poco, la vivencia queda reducida a un dato; los lugares —nuestros lugares—, convertidos en simples mapas de riesgo. Seguiremos pronunciando el nombre de los pueblos. Pero puede que llegue un día en que esas palabras sean el único vestigio de una relación extinta. El testimonio mudo de quienes vieron rotos sus lazos con la tierra una vez más.

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