Diario de León

Antonio Núñez El paisanaje

No sé si soy de los nuestros

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León

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Aviso para navegantes en el 2003: estamos en campaña electoral y esto es la guerra, que deja a los pueblos hechos un asco. De acuerdo con las encuestas todos los partidos ganan terreno a base de leches, cuando no a hostia limpia, con permiso del señor obispo, y al final ni dios quiere quedarse sin avanzar, si bien es científicamente imposible que lo hagan todos a la vez: según aprendió la quinta de un servidor en las clases de teórica del sargento Pichichi, para que avancen los nuestros es condición indispensable y sine qua non que el enemigo, a su vez, retroceda, porque, en caso contrario no se cabría en el mapa de operaciones. Aunque el otro día, repreguntado el veterano estratega de los tiempos de la mili obligatoria, nos contestó a la tropa con aire un tanto escéptico: «aquello valía cuando lo de los rusos y los americanos, en Vietnam por ejemplo, o aquí cuando Franco y los rojos de antes, a ver si os enterais de una vez los reclutas». «En cuanto a lo que pasa ahora», concluyó nostálgico, «yo ya no sé si soy de los nuestros». Los mozos de aquel desgraciado reemplazo -a cambio de quince meses de mili nos regaló el sargento una cartilla militar que ponía «licenciado», pero que no se podía convalidar luego en la Universidad- andamos hoy bajos de moral, que seguramente es también el objetivo del enemigo en la vida civil, aunque tampoco sabemos quién es, puede que todos y estemos ya rodeados, le digo a usted, mi sargento. Este año sólo está claro que avanzan en las encuestas tanto el PP como el PSOE y que al que se quede quieto lo arrollan y se lo pasan por encima, porque no vale ser suizo ni neutral. En consecuencia, reunidos en Nochevieja cuatro y el cabo, decidimos seguir de viejos la táctica que recomendaba Martín Villa cuando éramos jóvenes y él peleaba el 23-F contra Milans del Bosch, que, a su vez, combatía a Eta: «cuerpo a tierra, que vienen los nuestros». En el año electoral que se avecina vale todo, como en la guerra. Lo mismo da que Cascos mande hundir el petrolero Prestige a ciento y pico millas del Finisterre, y sálvese quien pueda, o que el PSOE torpedee luego el chapapote por si quedaba algo a flote. En esto la joven democracia española también está avanzando en el 2003, pero hacia la retaguardia -«avance elástico» decían los de la División Azul cuando escapaban zumbando desde Rusia- devolviéndonos a los tiernos, pero también infames, tiempos de la mili y de los sargentos de la transición. En los periódicos este recular se nota bastante. Hasta hace poco la función social de un periodista sólo difería de la de los curas en confesar los pecados de la sociedad, pero sin absolber a nadie .Hay demasiado político contrito que no devuelve lo robado. Pero ahora empieza a parecer de lo más natural denunciar a un sólo bando y perdonar sistemáticamente los pecadillos democráticos del otro, aunque sean nefandos, para cubrirse cada cual la retaguardia. En esto también la libertad de prensa ha avanzado lo nuestro, pasando de ser tierra de nadie a tierra conquistada. Y como en los viejos tiempos, mi sargento, vuelve a haber emisoras que parecen el No-Do y otras Radio Pirenaica. El que no lo vea o es corto de entendederas, o demasiado joven, o no tiene transistor. Afortunadamente al margen de los políticos y de los telediarios, donde parece que medio país anda a bofetadas todos los días con la otra mitad por el chapapote o por lo que se tercie, en la calle los ciudadanos de a pie siguen parlamentando cortésmente con su vecino, salvo los exaltados de toda la vida que no se llevan bien ni consigo mismos. Siempre hay alguno en cada escalera. Y es lástima que el ejemplo no cunda entre los padres de la patria cuando conversan, con modales de baja estofa, en las Cortes. Porque ideologías aparte, allá cada cual, el sentido común dicta que cuando uno va a comprar una pescadilla a la tienda de la esquina no pregunda si es del PP o del PSOE: lo lógico es discutir si está fresca. Y, cuando se baja a tomar un vino, nadie pide en la taberna un tinto de derechas o de izquierdas. Bueno, pues con el Prestige o la Logse debería pasar lo mismo. En las modernas encuestas los políticos suelen meditar muy cuidadosamente sobre el voto decidido, el inducido y el de los que no saben/no contestan. Pero a lo peor en las próximas no salen las cuentas. O sea, falta por medir el voto del cabreo. El de los que no nos da la gana. Ni mayorías silenciosas, ni leches.

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