Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Volver, volver y volver...

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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VOLVER es cosa corriente / volver es una costumbre que suele tener la gente (Borges). Siempre estamos volviendo de nosotros mismos, tal vez por ver si damos con aquel que quisiéramos ser. Hasta el criminal, según aseguran los entendidos, vuelve al lugar del crimen. Mientras escribo esta comunicación de mi regreso contemplo desde la ventana del «Palomar del Sordo», la convulsa teoría de tejados que forman mi paisaje, y en cierto modo me siento, en el más discreto de los sentidos, como un diablo cojuelo presto a levantar las cubiertas de teja morisca que amparan de la lluvia y de la curiosidad a las buenas gentes que formamos la comunidad leonesa. ¡Cuántas alegrías, cuántas tristezas, cuántas sombras y cuántas glorias bajo los inmutables tejados! Meditando sobre la clausura que libremente nos imponemos, con paredes, tejados, puertas, cadenas y cerraduras concluimos por aceptar nuestra condición de presos de nuestros propios convencionalismos y temores. Ustedes perdonen si para descubrir simplemente mi presencia en el columnario del periódico me pongo transcendente, pero es que todo ejercicio de regreso implica una nueva forma de nacer. Siempre que se vuelve de una aventura, de una ilusión, de un viaje o de un amor, es, o se supone, un ejercicio de renovación, de re-nacimiento. Pensamos cambiar nuestro esquema de vida, nuestras relaciones, nuestro estilo, nuestra especial manera de matar sapos, de espantar fantasmas, de dominar tendencias que nos convertían en seres incómodos cuando menos. Y en esta nueva etapa pensamos en restablecer amistades perdidas, perdonar injurias para merecer ser perdonados y pelear noblemente con quien pudiera oponerse a este ejercicio espiritual de renovación. Porque la verdad es que efectivamente la sociedad de la cual formamos parte no es todo lo justo que debiera ser, ni los hombres que elegimos en su día para intentar corregir las imperfecciones sociales que nos impiden ser todo lo felices que necesitamos ser cumplen con el sagrado cometido de que les investimos. No hay en el mundo que habitamos ni la paz ni la caridad ni la justicia que se proclama por todos los altavoces oficiales... Mentimos con descaro infinito y no tenemos ningún reparo en apropiarnos de los bienes ajenos, y de la mujer del prójimo. Estamos convirtiendo, a través de invenciones estéticas y de utilizaciones técnicas de la seducción utilitaria en burdel lo que estaba llamado a ser Casa del Padre. Y conste que no se trata de dictar una lección de moralina, sino de arrancar máscaras para descubrir la verdad. Todo el mundo, más o menos influido por los mediocres titulados, reconoce que no es éste precisamente el mundo feliz que nos prometían los profetas y que ni las golfas proclamadas por la televisión, ni los diocesillos de la patada reglamentada, son los redentores que espera el hombre atribulado... Pero seguimos atados a la cuerda de geleotes condenados a la miseria. Volvemos ¡ay! Con la esperanza de poder cambiar, de poder contribuir, como Don Quijote el de la Mancha a la liberación de los que han hambre de pan y de justicia. ¡Y ustedes perdonen que me presente, después de tan prolongada vacación, como lo que soy: «El Caballero de la inútil triste figura.

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