Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

«Soy mejor que Zapatero...»

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VICTORIANO CRÉMER
León

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DICHO lo cual, caló el sombrero/ requirió la espada/ miró de soslayo/ fuese y no hubo nada». Es decir quedó un eco prolongado que recorrió todo el país con un escalofrío. ¿Qué habría querido dejar patente el ilustre señor ex ministro y en la actualidad Secretario General del Partido Popular? Don Mariano Rajoy es gallego militante y por ello no se sabe si sube o baja, si habla en serio o en broma, si piensa lo que dice o dice lo que piensa... Solamente conocemos de su biografía que vivió en León, que es tierra en la que siempre se han dado fenómenos humanos de muy diversos grados y tensiones, gentes contradictorias que lo mismo les puede decidir la vena anárquica -como a Buenaventura Durruti- como la intención sarcástica, como a Don Mariano. Yo no creo que las palabras del Emperador de las Rías bajas soltara la ya muy famosa frase y que la pronunciara con ánimo de ofender a su rival, sino de manera lisa y muy llanamente porque a Don Mariano parece ser que le ha contagiado el contacto con su Jefe político y maestro en muchas artes, Don José María Aznar, el cual efectivamente está convencido de ser el mejor, y parece ser que no solamente mejor que Zapatero, sino de todo el personal poblador del Universo Mundo. Sin duda, la expresión forma parte de un repertorio de convicciones que son las que han marcado el proceso político de los últimos años: la convicción, la seguridad, la prepotencia, que inevitablemente se suscita cuando se consiguen mandos totales, mayorías absolutas. El lenguaje que Don Mariano se ha permitido la licencia de utilizar, con la aviesa intención de disminuir la calidad del contradictor, corresponde precisamente a un especial modo de gobernar. El Maestro Campanones, proclamaba: «Y muero quien no piense, igual que pienso yo». Y este fenómeno de dominio absolutista se produce no por convicción, sino por soberbia política, que es un virus del cual todos los hombres públicos debieran librarse. Y no digamos las mujeres; también públicas. Con las debidas y naturales reservas, el que suscribe se permite el lujo, la libertad o el libertinaje de aconsejar a Don Mariano que cuide sus impulsos expresivos, porque nadie es más que nadie. Y si a su juicio al señor Zapatero le faltan convicciones, como se permitió la licencia de proclamar, a él, a Don Mariano, acaso, tal vez, quién sabe, le faltan o le sobran mecanismos de contención del gasto expresivo. Y es que estamos ya entrando en los plazos de las grandes elecciones, de los comicios de los cuales todos esperan, esperamos, o cambios o consolidaciones. Y esto no se consigue, porque poniendo el paño al púlpito electoral declaremos o denunciemos que uno es mejor que otro. La comodidad, la ignorancia o la retranca leonesa, están convirtiendo al llamado cuerpo electoral en una masa gris, autista y sin ganas de entrar al trapo de ningún debate. Nosotros, que somos pueblo o masa amorfa, tampoco intentamos sucitar cuestionamientos, pero nos irrita o encocora que desde donde fuere, alguien se suponga superior a todos los demás y por tanto se crea con derecho a disponer de la vida y hacienda de los vasallos. Nadie, Don Mariano, es mejor que nadie. Si acaso, puede ser diferente, de distinto color y signo pero no superior. Rafael Alberti, en cuyas conmemoraciones celebramos repetía al respecto: «Lo mejor es el pueblo»... Pues eso.

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