CRÉMER CONTRA CRÉMER
Pepe del Valle ha muerto
LA SAGA de «Los Valle» se nos va agotando. Dicen los que quedan para dar testimonio, que es ley de vida, pero es que, aún admitiéndolo, porque a los que quedamos no nos queda más remedio, lo cierto es que nos llena de tristeza. Más aún cuando el que desaparece, el que se resigna a cerrar su ciclo, es un amigo, un hombre bueno, en el concepto machadiano de hombre solidario. Me encuentro sensiblemente afectado por la muerte de José del Valle Menéndez, de los Valle Menéndez de Cantabria. Y puedo declarar, en razón de mi conocimiento y afecto, que nunca vi un hombre más fiel a sus compromisos, no tan sólo familiares, sino también sociales. Cuando se formó en León la Sociedad Valle y Díez para la explotación del patrimonio mineral del territorio leonés, fuí requerido para dirigir una publicación, «Hornaguera», que intentaba ser, no un boletín económico de empresa, sino un documento para el mejor entendimiento entre las partes de la empresa y un medio civilizado para traducir los compromisos que de la relación empresa-obrero se desprendía. De aquel flamante grupo generacional y redactor, nació lo que pudiéramos llamar instrumento fundamental para entendimiento de la función social de la Empresa. Y José Valle fue, de entre la generosa estructura empresarial, el director real e ideológico. Y lo hizo de manera tan cabal, tan generosa, tan abierta, que todos cuando interveníamos en aquella parcela de la empresa (ingenieros, mineros, adjuntos y los consabidos etcéteras) llegamos no solamente a aceptar su capitanía, sino a necesitarle como compañero del alma, compañero. Fue padre de grey numerosa y esposo de una de las mujeres nacidas en León más apasionadamente unidas por el amor a su tierra. Elisa, que tal era su nombre, ofreció a su esposo amor y costumbre, que es lo que le queda a la pareja cuando el cálido bullicio de la ceniza se traduce en memoria. Y fue padre de hijos a los que legó el apego a la tierra leonesa y el sentimiento caballeresco de un padre inmenso en estatura corta y corazón gigantesco. Cuando me ha llegado la noticia de su desaparición, me doy cuenta de que algo importante desaparece de mi libro de estilo de vida, porque José del Valle Menéndez comunicaba serenidad y paz interior a quien le trataba. Cuando ya le flaqueaban las resistencias se recluyó en Llanes (Asturias) no huyendo de León y de sus implicaciones sentimentales, ni de Madrid y de sus turbadores acosos, sino de su interior descabalgamiento. La muerte de la esposa, como sucede con los seres verdaderamente buenos, le había abierto un hoyo oscuro en el alma y necesitaba estar solo para llorar. Cuando repaso la Crónica de este León que hacemos, tan poco a poco, con tanto sufrimiento y sacrificio, sentimos el vacío que se abre ante nosotros cuando uno de estos hombres ejemplares desaparecen. La Ciudad se queda más sola, quizá porque cuando la muerte nos les arrebata advertimos que perdemos a los mejores. Y no sé qué decir en estos casos, sino lo de siempre, «lo siento», pero con mayor angustia.