Diario de León

LITURGIA DOMINICAL

El cardo y el frutal

Publicado por
JOSÉ-ROMÁN FLECHA ANDRÉS
León

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Los pastores no podían confiar en los cardos para alimentar a sus rebaños. Crecen en la estepa pero no pueden ofrecer sombra. La aridez del desierto se hace con ellos espinosa y hostil. El viento los arranca y hace girar locamente sobre sí mismos. Pero a la vera de las corrientes de agua pueden crecer los frutales. Ofrecen sombra en los días más abrasadores. Sus raíces son profundas y pueden soportar la sequía. Esta doble experiencia de las gentes del campo es ya evocada por un poema del profeta Jeremías que hoy se proclama en la celebración litúrgica (17, 5-8). Todos entendemos que esos versos reflejan experiencias muy humanas. Hay gentes que se parecen al cardo seco y bien que procuramos evitarlas. Pero hay otras personas, cuya cercanía es para nosotros como una sombra acogedora y fecunda. El cardo de la estepa es para el profeta la persona que confía en sí misma y en sus posibilidades, mientras que el frutal representa a los que han puesto su confianza en el Señor. La confianza También el evangelio de Lucas nos ofrece hoy una contraposición semejante. Jesús proclama dichosos a los pobres, a los hambrientos, a los que lloran y a los que son odiados e insultados por las gentes. Con una cadencia paralela, el texto evangélico pronuncia un ¡ay! por los ricos y saciados, por los que sólo tienen motivos para reír y por los que sólo reciben parabienes y alabanzas de la gente (Lc 6, 20-26). Es como si el evangelio nos presentara un mundo al revés. Alaba las situaciones que nosotros desdeñamos y lamenta la suerte de los que parecen triunfadores en la vida. Este mensaje resulta escandaloso en un evangelio como el de Lucas. ¿Es que ha olvidado que los ángeles anunciaban "la gran alegría para todo el pueblo" que amanece con el nacimiento de Jesús? Una clave para entender esta contraposición la ofrece la liturgia de hoy al insistir en el tema de la confianza en Dios. Son dichosos los que depositan en Él su confianza. Pero la felicidad de quien confía en sí mismo es efímera y estéril como el cardo de la estepa. Los profetas Pero el mismo texto evangélico ofrece otra clave para entender la contraposición entre las bienaventuranzas y las malaventuranzas. Es el recuerdo de los profetas. ¿ "Así hacían vuestros padres con los profetas". Eran odiados y excluidos, insultados y proscritos, por las gentes que pretendían poder decidir por sí mismas sobre el bien y sobre el mal. Pero Dios daba la razón a aquellos pregoneros de su verdad. ¿ "Así hacían vuestros padres con los falsos profetas". Eran alabados por las gentes que sólo desean oír lo que concuerda con sus gustos y apetencias. Pero no eran portadores del mensaje de Dios ni de la verdad sobre el ser humano. - Señor Jesús, también hoy es difícil mantener la verdad frente a la algarabía de los creadores de opinión. Todos nosotros sufrimos la tentación de optar por el silencio o la complicidad. Pero tú nos muestras cada día los caminos del bien y de la felicidad. ¡Bendito seas! Amén.

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