Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Ni humillados ni vencidos

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VICTORIANO CRÉMER
León

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AHORA VA EN SERIO. Se acabó lo que se daba. Se acabaron los discursos y ahora empieza el tiroteo. Porque todo el prolongado ciclo al que hemos asistido con paciencia y resignación cristiana, al mismo tiempo que con bien fundadas esperanzas, ha termiando. Ahora, como decía mi empresario de cuando andaba «al campo», a trabajar. De las guerras, de cualquier forma de encuentro competitivo, se suele salir con la cabeza caliente y los pies fríos. Coronados no hay más que los llamados y elegidos. Los demás son los dulcemente derrotados. Y es ahora, precisamente, cuando se ha tocado a fagina y hemos sido obligados a guardar las armas es ahora, cuando se nos plantea el gravísimo problema de vivir. Pero vivir en paz y en gracia, sin fingimientos ni mentiras adobadas, sino con sinceridad y, ya lo advertimos, con esperanza. Ha sonado la hora, por todos los relojes, de intentar la construcción de una sociedad verdaderamente democrática, solidaria y generosa. Los españoles y los leoneses también o sobre todo, tenemos muchas y dolorosas experiencias de lo que son las situaciones de paz, después de guerras oscuras. Y nos consta que lo difícil no es ganar, no es abatir los viejos estandartes de la facción rival, lo verdaderamente significante es saber cómo hemos de recibir la nueva situación derivada de una pelea retórica, pero que en el fondo, arrastra ocultos resquemores, viejas rivalidades y heridas siempre abiertas. Ha sonado, señoras y señores, la hora de la paz de los valientes. Y para ello debemos disponer nuestros espíritus, nuestras conciencias y nuestros esquemas para un vivir futuro auténticamente en paz. Escrito esta postrer parte de guerra electoral mucho antes de conocer el resultado de la apasionante pugna. En el cuadro de resultados, sin duda figurarán amigos en los cuales habíamos depositado nuestra confianza, que fueron al fin vencidos, no por la perfidia y las malas artes del perjuro Sinón, sino por la decisión libre de un pueblo libre que aspira a garantizar su libertad. Y para ello hay que guardar las armas, cerrar las arcas en las que se guardan los pergaminos y abrir las puertas a todos los campos, a todos los peregrinantes, a los vencedores y a los vencidos. Porque en estas lides políticas, nunca debe haber humillados. Todos los hijos fueron valientes y en el juego inevitablemente la fortuna se inclinó, por la sabia decisión de los dioses, por aquellos elegidos que acertaron a dejar a su paso la huella más profunda. ¡Albricias, señores y señoras victoriosos! ¡Aleluya, damas y caballeros dejados de la mano de los dioses! Ha sonado la gran campana de la comprensión, del entendimiento, de la auténtica fraternidad para emprender libres ya de espíritu bélico la gran tarea de poner todos manos a la obra importante de poner en práctica todas aquellas promesas que sirvieron para componer el fuero de nuestra identidad. Enmudecieron los clarines del miedo y se abren las puertas de la casa de todos. Pintada, no vacía; pintada está la casa del color de las grandes pasiones y esperanzas. Y que Miguel Hernández nos perdone la utilización de sus versos.

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