CRÉMER CONTRA CRÉMER
El varón maltratado
EL REFRANERO leonés, al cual me acojo cuando me fallan los recursos literarios o científicos, deja dicho y escrito para el mejor entendimiento y provecho de las generaciones: «Ni están todos los que son, ni son todos los que están a la puerta de los juzgados». Y esto viene a cuento y a cuenta de ese hombre, ese pobre hombre, ese hombre doliente que desde hace unos días, precisamente los de más intenso frío y desamparo, aparece postrado sobre las escalinatas del sagrado edificio de los juzgados de León, solicitando ser recibido y escuchado por el señor fiscal o aquel a quien corresponda ver su caso. Porque, según los informes recogidos, a este doliente padre, no le permiten ver a sus hijos; la compañera sentimental, con la cual compartió cuatro años, sin duda los más dichosos de la vida de ambos, ahora le ve y no le mira. Y tal vez, quien sabe, en su abandono total recuerda la copla aquella de sus juventudes: «Ahora me ve y no me habla/ tanto como yo la quería...» Dicen los testigos de lo ocurrido, que el varón, tan caído hoy en desgracia, maltrataba a la mujer, y éste se esfuerza en negarlo y pone a Dios por testigo de que jamás le puso ni la mano ni el pie, encima ni debajo. Y ante la demanda dramática del penitente, el juez le replica, con faz severa, que el pleito se reduce a una competición: La palabra de ella y las reclamaciones de él. Y el juez pareces ser que dictó una sentencia para la cual el hombre no encuentra apelación: «Yo creo en la palabra de ella»... La Asociación de Padres Separados de León, parece ser que está dispuesta a tomar cartas en el asunto, aunque su recurso se quedará en papeleo. Y el hombre, temblando de emoción y de frío, declara con lágrimas en los ojos: «¡Yo no soy un maltratador!» No quisiera que este parte de guerra local se tomara como adhesión inquebrantable a favor del varón presuntamente maltratado por la mujer, por la ley y por el clima, que doctores tiene el Juzgador que sabrá lo que debe hacerse. Solamente quisiera acercar la atención del respetable hacia un hecho significativo y alarmante: «El predominio de la Mujer en la llamada vida moderna». Como el señor Juez del episodio, la sociedad entera ha tomado posiciones terminantes: «Creer en la mujer por encima y por debajo de todo recurso varonil». Y esto, dicho sea con todas las cautelas, tampoco es justo, porque ni yo ni nadie dice que el hombre siempre es culpable, que ya saben ustedes lo de Jantipa, la mujer de Sócrates, que en sus intemperancias le hizo la vida tan imposible al filósofo que acabó tomando la cicuta como punto final. Ni conozco al condenado ni tampoco a la felizmente reinante, pero pienso que el episodio bien podría valer para coordinar, para equilibrar, para aclarar los signos que pueden mantener sin fisuras graves a la pareja y a la sociedad. Porque es que si al cabo de los siglos de convivencia más o menos pacífica, todavía no hemos sido capaces de encontrar los sentimientos que nos unan, será cosa de coger la manta y la hamaca y marchar con los mambises. Todos -varones domados o no y hembras altivas o sumisas- hemos aceptado la realidad de la existencia en el mundo de verdaderas manadas de bestias ávidas de carne y sangre de mujer, pero cuando en Atenas se comentaba la muerte de Sócrates y la influencia perniciosa de Jantipa, se solía colocar como estrambote: «Algo haría».