CRÉMER CONTRA CRÉMER
Acabada la batalla...
LO RECUERDA don Mario Amilivia, sin duda uno de los personajes más entrañados en la realidad de esta tierra, su tierra, León, cuando decreta por libre: «La provincia de León, el Partido Popular, los profundos derrotados «necesitan, (necesitamos debiera haber dicho), un Congreso de integración». También a nosotros, espectadores por libre, nos parece que, efectivamente, a la Provincia, al partido y a los fieles les conviene un período de integración. Conviene, pues, saber exactamente qué es lo que se quiere decir con el término integración. ¿Acaso la reanudación de las prácticas que han llevado a la provincia y al partido al estado de marginación en que se encuentra? Tal vez en aceptar a ciegas este concepto podrían llevarnos nuevamente al mismo estado de militarización y obediencia debida en el cual hemos estado. Cuando lo que en buena gramática política debe traducirse es que por integración se entienda el rechazo de prácticas que nos hicieron zozobrar en la navegación emprendida y la revisión en profundidad de todas aquellas decisiones que nos llevaron a la contemplación abierta del futuro. Acabada la batalla, dice el poema de Vallejo, «el cadáver siguió muriendo». ¿Es necesario explicar la aparente dificultad para el entendimiento del poema? Integración debe ser, lo es, dígalo quien lo diga, renovación. Y ésta se manifiesta cuando los medios del grupo, del partido, de la Institución, borra de sus anales aquellos signos que obligaba a los partidos a convertirse en un conjunto de fieles, de parroquianos, de adheridos a tumba abierta. En León, digamos que como ejemplo, los partidos se forman con gentes magníficas entregadas incondicionalmente a servir los intereses del grupo rector, sin querer contar ni entender nada de renovar, de refrescar, de facilitar la incorporación de hombres y mujeres «sin papeles», pero que disponen de ímpetu y de real gana de servir a la sociedad. En los partidos, diga lo que quiera el portavoz de turno, a veces sí que sobran algunos de los consabidos y para su integración debida es importante y hasta necesario expurgar a los sobrantes. Porque la política, tanto nacional como provincial o local, no se hace, no se debe hacer exclusivamente con legales, dotados de papeles y de antecedentes antiguos, sino con acarreos humanos independientes, lo que no quiere decir ajeno a los principios o doctrinas del partido al cual quisiera incorporarse. Es bueno, porque la práctica así lo establece, es bueno que sean los partidos los que elijan de entre «los suyos» aquellos que habrán de ocupar los puestos clave para la gobernación de la ínsula, pero no con tal exigencia y menosprecio que se prescinda de voluntarios de reciente alistamiento, sin padrinazgos interesados. Porque de entre estos inasequibles al desaliento suelen surgir los tránsfugas, los traidorzuelos o, lo que es mucho peor, los tontos ambiciosos. Es bueno que ya 63cumplido el deber que se nos había atribuido volvamos a la realidad: los unos a su reeducación como electores y los otros a su desaparición de la lista de los elegibles.