CRÉMER CONTRA CRÉMER
Los moros
CONFIESO que no lo entiendo. Los moros, que es la denominación de origen que mejor entendemos los españoles, campan por nuestros territorios naturales, tirando bombas y matando cristianos. Y éstos, los cristianos supervivientes, tenemos miedo. No porque nos intimiden los moros y sus historias de cuando el Barranco del Lobo, o los benurriagueles de Ad-El Krim, sino porque tal como se están desarrollando los acontecimientos, esto parece ser el cuento sangriento de nunca acabar. Los «corrillos» profesionales del comentario, de la tertulia y de la plática televisiva y radiofónica, están contribuyendo a la general confusión, con tal destreza y cuantísima ignorancia que el buen pueblo oyente y vidente, no sale de casa ni para acudir a la cita dramática de las procesiones de la Semana Santa, que es, a los efectos sentimentales del pueblo, la más alta ceremonia que vieron los siglos. Digan lo que quieran los unos y los otros, los moros, no acaban de caer bien a los peninsulares. Y no ya por lo de Ceuta, Melilla y las Islas Chafarinas, sino porque es muy difícil olvidar las injurias que nos inferimos los unos a los otros y los otros a los unos. Que si bien los solados del Cardenal Cisneros saltaron el charco para aposentarse en tierras del África más inmediata y esto no pudo parecerles bien a los ayatolás de Alá, tampoco conviene olvidar que la hueste berebere asaltó nuestras fronteras y durante nada menos que ochocientos años y pico hizo y deshizo lo que le vino en gana, unas cosas dignas de admiración y otras no tanto, que si los Abderramanes fueron signo del más alto nivel cultural de la Hispania peleona, lo que Almanzor hizo con las tierras y con las gentes cristianas fue como para olvidar el nombre de todos y cada uno de sus familiares: que lo de cargar sobre los hombros de españoles vencidos las campanas de Santiago, tampoco fue como para ganar el jubileo. Luego sucedió que si los moros en la revolución del 34, más tarde que si la guerra del 36 y ahora que Al Qaida, nos están matando como a corderos. Y es perfectamente inútil que intentemos convencerles de que nosotros somos todo lo buenos que nos dejan y que en España pueden trabajar de albañiles y de hortelanos y hasta de comerciantes al por menor, sin ningún inconveniente y en recuerdo de lo bien que nos llevábamos en Toledo cuando lo de las tres culturas, los moros no nos quieren y nosotros tampoco queremos a los moros. Y algo tendrá que hacer José Luis Rodríguez Zapatero para arreglar este enojoso pleito que amenaza con reavivar el espíritu agresivo de los tiempos ya lejanos del Cid Campeador y de Almanzor. Lo primero, y ruego que se tomen estas palabras sin acritud, que diría Don Felipe Primero, sería impedir por todos los medios legales que en Derecho correspondan y convengan, que tantas cotillas y cotillos como sermonean a través de cámaras y micrófonos, enmudezcan, cierren la bocaza y se dediquen a las labores propias de su sexo. Y que los moros turistas de patera, encuentren la paz y el trabajo en sus amadas tierras.