Eusebio, la leyenda del fútbol portugués, escenificó el drama local: entregó el trofeo en una ceremonia que tuvo un fallo: el triunfo griego.
La alegría de los seguidores helenos en el estadio Da Luz fue indescriptible.
El primer ministro griego, Costas Karamanlis, festejó el título con su mujer como un par de aficionados más.
La cara que se les quedó a los torcedores portugueses en Da Luz fue un poema, más bien un triste fado.
Las lágrimas afloraron pronto en el rostro de los portugueses, impotentes al ver a su selección estrellarse con el muro griego.
Muchos recurrieron a crucifijos o a réplicas de la Virgen de Fátima para sobrellevar el disgusto.
Las celebraciones griegas se vieron en todo el mundo. Emigrantes en Múnich lanzaron platos a la calle para celebrar el triunfo.
Las calles de Atenas se llenaron de fanáticos que pusieron color blanquiazul a la noche de la capital.
Parapetados con los colores rojo y verde, los aficionados portugueses estaban preparados para la fiesta de su campeonato.