CORNADA DE LOBO
Frescos perdidos
VIVIÓ VELA Zanetti junto a casa de mis padres y yo ignoraba el dato hasta que ayer me brindó pormenores Julián, hijo del señor Paco, hermano de Flori, a quien Vela llamaba ricitos porque era aún pimpollo, rapaza de hebra inquieta como todas aquellas que cifran su estirpe en las montañas de Luna. En esa casa alojó su inquilinato el pintor por un breve tiempo que fue poco más de un año. Corrían los agitados treinta de furias y julios incendiarios. Vela era joven y ya se descosía pintando. Entró con ganas a aquel piso de una calle que era casi arrabal y que se llamó siempre carretera de Carbajal, aunque al final de la guerra la bautizaron como «18 de Julio» hasta que perdió el nombre hace aún pocos años. Crémer hace referencia de aquel alojamiento que en algunas biografías del pintor se ignora. Vela Zanetti se tomó con ganas aquel primer cuartel y estudio. Pintó paredes y techos como ensayando el muralismo por el que declinaría no poca parte de su obra, forró el zócalo alto de las paredes con arpillera que esgrafió y decoró la soledad de los tabiques y cielos con profusión de dibujo y temple. Recuerda Julián que entraba el pintor y se encontraba en el portal el periódico al que estaba suscrito aquella casa; invariablemente le arreaba un patadón y profería algún cagamento sobre la línea o tendencia de aquel rotativo que cabe suponer era «La Mañana» (Vela era de «La Democracia» de Castaño). Pasado un tiempo, dejó el piso con muebles y enseres dentro. Pasó un año y regresó por las pertenencias. En realidad no había pagado el alquiler de todo ese tiempo y el vecino de enfrente le decía al señor Paco que no le permitiera sacar su mudanza hasta que aflojara la deuda, pero el señor Paco era un buenazo y dejó correr la deuda hasta lamentar que ya nadie jamás la pagaría. Pero allí quedaron metros y metros cuadrados de frescos y muros pintados, todo un capitalillo aplicando las estimaciones con las que hoy se tarifa su obra. Recuerda vagamente Julián que una de las habitaciones tenía pintadas señoras en impudicia, tías en pelotas, o sea, en cueros. Pero tiempo después se repintó el piso de aquella casa que con cierta regularidad visitaba Muñohierro, arzobispo de Sión y vicario general castrense, primo del señor Paco. Lógicamente, bajo algunas capas de pintura yacen aquellos frescos.