Diario de León
Publicado por
Antonio Núñez
León

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ESTAMOS de reformas este mes, que uno sepa, por lo menos cinco: Bush en la Casa Blanca, donde el otro día hizo entrar a Aznar por la puerta de servicio con la disculpa de los albañiles; Letizia en su palacete, porque no ya no le cuadra a don Felipe el piso de soltero de arriba, según cuentan y no paran en Diez Minutos (lo raro es que les dé tiempo); Zapatero en La Moncloa, porque para eso su señora también es muy suya; el alcalde de Madrid, señor Ruiz Gallardón, revocando todas las fachadas de su pueblo para que reluzcan un día en la boda del siglo; y, modestia aparte, un servidor, que también está cambiando la cocina de butano por la vitrocerámica y la calefacción de carbón por otra de gasóleo. Moderno que es uno, aunque hipotecado de por vida, pero seguro que es el único de los cinco que paga de su bolsillo y a tocateja, según me dijo ayer confidencialmente el fontanero al presentarme la factura, naturalmente sin IVA. Bueno, pues ya se acabó la dichosa boda y consumatum est , tal como dijo el sábado por lo gallego monseñor Rouco Varela a los contrayentes, si bien lo de «consumado» el himeneo, a falta de meros trámites burocráticos, lo estaba hacía tiempo. Otra cosa es que no lo hubieran retransmitido en directo. A buenas horas. La Iglesia perdura, según reconocen muchos historiadores, a pesar de los papas, de cuyos pecados está empedrado el infierno desde los Borgia hasta los más píos del últino siglo, como Pío XII, que dejó que los nazis gasearan a los judios y luego los mandaran al crematorio para hacer jabón. Tal que así eran de limpios también Hitler y Stalin para que digan ahora que Bush tiene las manos sucias en lo del petroleo de Irak. También las monarquías siguen cabalgando en el siglo XXI a pesar de la boda del otro día. No se explica cómo, pero ahí siguen en sus carruajes después de la revolución francesa, de la máquina de vapor de Wat, que dio al pueblo la tira de caballos, y del Seat 600. Al ver pasar la carroza en televisión ya se lo avisé a mi nena. «¿Papi, es un circo?», preguntó ella en su inocencia. «No, hija», acerté a explicar a duras penas, «son cosacos con casaca; no quedan muchos y están domados, como los leones de Angel Cristo, pero apártate por si acaso». Como republicano de nacencia y convicción, y a mucha honra, o sea preocupado por la «cosa pública» -la res pública- que no tienen nada que ver con las que publica el Hola , uno ha sentido estas semanas de atrás vergüenza ajena por todo lo que ha salido en la tele sobre la boda y, si no se ha largado a Burundi, es sólo por tres razones: la primera, porque ya es mayor para ser pigmeo, aunque sea mentalmente hablando, la segunda, porque con lo que le pagan no le da ni para una patera de vuelta, y la tercera, por patriota, aunque no lo parezca, como el Empecinado. Hay guerrillas que molan. Y también una cuarta, según mi mujer, que, como todo el mundo sabe que no tengo carnet de conducir, está harta de traerme y llevarme por la vida : «Macho, si te pones así y te sienta tan mal la boda», dijo ayer mismo metiendo la primera, «por qué no haces auto stop en el París-Dakar?». En Madrid se han producido, a cuenta de la dichosa boda, fenómenos tan extraños como atascos en el centro a las tantas de la madrugada, sólo porque la gente quería retratarse junto a una farola verde, amarilla o roja de las que ha puesto Gallardón para la comitiva. Se ve que andan con el mono de los semáforos. Es una pena que no pueda recuperarse como electricista al cojo Manteca, simpático sujeto que se las apañaba la mar de bien aún no hace tantos años cuando en las manifestaciones estudiantiles apagaba a leches las bombillas de la calle de Alcalá con una muleta mientras apoyaba la otra donde le daba la gana, sin que la policía interfiriera en su labor. Esta semana le hubiera sobrado trabajo para emplearse a fondo como anarquista. En fin, ya pasó, pero sigue uno alucinando con el espacio aéreo de Madrid cerrado el fin de semana, el metro lo mismo, las calles engalanadas como para que pase dios que las fundó, los serenos en guardia, las fronteras con el DNI en los dientes para todo quisqui y los perros de la realeza husmeando por todas partes en previsión de atentados durante el real braguetazo. Al parecer por cualquier sitio que pasa la comitiva todo es mirado con lupa, menos por donde no debiera haber pasado antes su alteza, el príncipe. Que sea lo que Dios quiera. Es lo que dicen también las madres que siguen la cosa (res pública), pero hartas de tanta monserga: «hijos míos, cuando os casasteis de primeras, vuestro padre y yo cerranos los ojos y punto, nada de tantas pamplinas». Así de claro. Pero comparadas con la reina y visto el despliegue del sábado, seguro que nos quieren menos.

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