CRÉMER CONTRA CRÉMER
Mujeres de armas tomar
ESCÚCHEME usted también, mi señora: Resulta, según las crónicas de sucesos que nos remiten desde Portugal, en la provincia, recomendada para mayores, de Viana do Castelo, que una de sus vecinas más características, casada por la iglesia y por lo militar con Gonçalo Pereira Araujo, está pasando por el duro trance de tener que responderle al señor Juez a las preguntas escandalosas de a su ver que carajo da vela podía haberle pasado a su esposo legal, dado que a éste no se le conocían vicios mayores que el de haber contraído matrimonio con la María da Conceiçao Pereira. A lo que la interfecta constató con aplomo que eso se lo preguntaran al interesado, del cual no tenía noticia desde hacía unas semanas, que le dijo que salía a comprar tabaco y todavía es la fecha en la que no ha vuelto, lo que le hacía sospechar si el esposo no estaría en Cuba, en pos de tabaco verdadero. No pareció el juez demasiado convencido con la respuesta de la María Conceiçao, y dedicó los ratos libres de que disponía a investigar, comenzando, lógicamente por un su vecino, amigo entrañable de la María y sospechosamente posible amante, el cual aunque no soltó prenda, algo se le quedó entre los dientes que dio en indicio. Y como en esto de los crímenes y de los latrocinios, suele suceder que por coger al que no es la justicia acaba por trincar al que es, llegaron a la conclusión de que la María la del Pereira desaparecido, que había denunciado la desaparición del compañero a la Guardiña Nacional Republicana, había sido la autora de la muerte y ocultamiento del cadáver de su amado esposo. Según acabó por desprenderse de las investigaciones, la detenida había asfixiado al marido, después de haberle drogado concienzudamente para que no hiciera resistencia, con bebidas cargadas con una sustancia nada vital. Una vez que la María se convenció de que el Gonçalo estaba muerto y bien muerto, cogió el cuerpo desmadejado y le escondió en un arcón congelador de la cocina. Y allí permaneció tan ricamente no un día, ni dos, sino tres años, hasta que una peripecia eléctrica produjo una apagón en el sistema de congelación de frutas, y cuando comenzó a producir olor a yerba de establo vacuno, el hermano de Gonçalo, que no era de la policía ni guardiña de fronteras ni nada, se olió que algo le tenía que haber pasado a su hermano del alma y denunció el caso a los guardias de turno. Dotados con una palanca además de las pistolas y de las porras que suelen ser armas tradicionales de todos los guardias del mundo, entraron en la casa, forzaron el congelador y se encontraron con el cadáver, ya en estado putrefacto de Gonçálo Pereira Araujo. Con todo lo cual cabe asegurar que ni todo el monte es orégano, ni solamente matan los hombres desalmados. Y no es por alarmar, pero sucede que la violencia de género se extiende de tal manera que ya ni las señoras respetan a los varones ni sirve de nada que hayamos elevado al solio de gobernante supremo del país, España, tan contagiado por la barbarie desencadenada, a José Luis Rodríguez Zapatero, paladín de la democracia, del sentido común y de los buenos modales. Nos estamos matando los unos a las otras y las otras a los unos y sería conveniente y necesario que nuestros ilustres hombres y mujeres oficiales crearan otra comisión para analizar esta situación y encontrar los medios de erradicarla, en vez de andar en debates sobre si León solo o con leche.