LITURGIA DOMINICAL
Seguir para anunciar
UN JOVENCITO, hijo de unos amigos, tomaba el otro día el barco en Cerdeña para viajar hasta Génova. No iba de negocios. Gastaba todos sus ahorros tan sólo para asistir a un concierto de un grupo musical irlandés, tomar otro barco y regresar a su isla de granito y alcornoques. A muchos de nosotros nos sorprenden todas esas personas que son capaces de hacer cientos y miles de kilómetros para escuchar un concierto de su artista preferido. ¿Qué tendrán esos ídolos modernos que logran arrastrar tales muchedumbres? Y ¿qué tendrán o qué les faltará a esas multitudes que hacen lo indecible por seguir a su ídolo? Es verdad que para muchos ese seguimiento es transitorio. No le dedican la vida. Ni lo más hondo de sus pensamientos y afectos. Pero para otras muchas personas, el personaje tiene tal fuerza de atracción que lo imitan en todo y en todo procuran parecerse a él. ¿Qué sentirá ese personaje al que muchos siguen tan incondicionalmente, procurando tomarlo como modelo de vida? ¿No sentirán alguna vez el peso de esa responsabilidad de ser siempre y en todo modelo para otras personas? Seguidores frustrados Como los primeros discípulos, los cristianos sabemos que hemos sido llamados a seguir a Jesucristo. El evangelio de hoy nos plantea algunas exigencias de ese seguimiento (cf. Lc 9, 51-62). En él aparecen tres individuos que resultan paradigmáticos. El primero de ellos parece muy generoso y se ofrece espontáneamente a seguir a Jesús. Él le advierte de la pobreza que le caracteriza y que el seguidor habrá de adoptar: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». El segundo, en cambio, es invitado por Jesús, pero él prefiere ir primero a enterrar a su padre. A éste le contesta Jesús con una frase enigmática: «Deja que los muertos entierren a sus muertos». No pretende negar el valor de la piedad filial, sino que le muestra el nuevo horizonte de la vida que ha venido a traer a este mundo. También el tercero es invitado a seguir al Maestro, pero él quiere despedirse de su familia. Con una nueva respuesta, a modo de proverbio, Jesús subraya que no valen para el Reino de Dios los que vuelven la vista atrás, como aferrados a una vieja nostalgia. Una tarea urgente En medio de este relato evangélico se recoge la consigna que Jesús dirige a uno de los que ha llamado: ¿ «Tú vete a anunciar el Reino de Dios». La fe nace de la escucha de la Palabra de Dios. La Palabra ha de ser anunciada a tiempo y a destiempo. Y para proclamarla hace falta haber seguido al Maestro y haberla oído de sus labios. ¿ «Tú vete a anunciar el Reino de Dios». El Reino de Dios ha llegado con Jesús, pero todos los días seguimos suplicando y anunciando su venida. Esa es la fuente de la esperanza que nos mantiene abiertos al futuro de las promesas de Dios. ¿ «Tú vete a anunciar el Reino de Dios». Anunciar el Reino de Dios no es pronunciar una lección teórica, sino tratar de instaurar unas relaciones nuevas de paz y de justicia. Esa es la tarea del amor. La que hace visibles los frutos de la caridad más verdadera. ¿ Señor Jesús, tú nos has llamado a seguirte. Ayúdanos a escuchar tu mensaje, a realizarlo en nuestra vida y a anunciar la novedad salvadora del Reino de Dios. Amén.