LITURGIA DOMINICAL
Una etiqueta desmentida
HAY una frase que se atribuye a Bertrand Russell que parece una broma aunque, en realidad, esconde un drama: «Si tienes un enemigo no te apresures en matarlo: etiquétalo primero» Le hemos obedecido. Todos ponemos etiquetas, nos valemos de clichés y usamos estereotipos para juzgar a las personas. Unas veces son locales: «Los de Aldea del Prado no son de fiar». Otras veces son profesionales: «Los alpargateros y curanderos son mala gente». Y en alguna ocasión se los endilgamos a una familia: «Los Pérez de la Torre son todos unos ladrones». Cada uno que añada las frases con las que ha sido mal-educado y que le han servido para despreciar a otros. Etiquetar a las personas es siempre ofensivo, porque equivale a reducirlas al nivel de cosas acumulables e intercambiables. Es negar la diversidad de cada uno. Es crear un fantoche para poder apalearlo con tranquilidad. Cuanto más etiquetas distribuimos entre la gente, más débiles nos manifestamos. Etiquetar es la forma más sutil de expresar nuestro miedo a los demás y nuestra búsqueda de defensas ante ellos. Tres caminantes En el evangelio de hoy Jesús desmonta con delicadeza y vigor una de esas etiquetas (Lc 10, 25-37). Un letrado le hace preguntas sobre el ideal moral. Sabe bien que debería amar a Dios y al prójimo. Pero desearía saber quién es de verdad el prójimo. Era ése un tema muy discutido. A muchos de sus colegas no les gustaba ver como prójimos a los extranjeros. Ni a los vecinos que no cumplían la Ley de Moisés. Jesús le respondió con una de las parábolas más bellas. Un caminante fue asaltado por los bandidos. Un sacerdote y un levita, que lo vieron tirado al borde del camino, pasaron de largo. El letrado debió de pensar que uno de su gremio sería puesto como modelo. Alguien dedicado a estudiar la Ley habría de saber llevarla a la vida. Pero Jesús eligió a un samaritano. Las etiquetas que se habían colocado sobre ellos eran terribles: intratables, heterodoxos, separatistas. Y mucho más. Es verdad que ellos se habían ganado a pulso esa imagen. Con todo, Jesús insinuaba que en cualquier grupo puede haber una persona de bien. Que los que parecen estar lejos están más cerca de la salvación. Y que no basta con preguntarse quién es nuestro prójimo, sino que hay que hacerse prójimo de los necesitados. Y tres tareas Concluida la parábola, Jesús preguntó: «¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?» Sin osar pronunciar su nombre, el letrado contestó: «El que practicó la misericordia con él». Y Jesús añadió: «Anda y haz tú lo mismo». Ésa es su consigna y su lección. ¿ «Anda y haz tú lo mismo». Una palabra para todo cristiano. Aprende a detenerte para conocer la suerte de tus hermanos. Pero no te limites a enterarte: aprende a compadecerte de verdad. Con todo, no te quedes en la compasión: aprende a buscar soluciones eficaces y duraderas a su problema. ¿ «Anda y haz tú lo mismo». Una palabra para la Iglesia. Ella ha sido llamada a ejercer la misión del buen samaritano, ahora y siempre, aquí y en cualquier lugar del mundo, con el apoyo de los gobiernos o bajo sus ataques y persecución. ¿ «Anda y haz tú lo mismo». Una palabra para toda la sociedad. Creyentes y no creyentes han de redescubrir su responsabilidad ante el dolor de los marginados y colaborar activamente para rescatarlos. - Señor Jesús, te reconocemos como el Buen Samaritano. Tú nos has rescatado de nuestra miseria y quieres que sigamos tu ejemplo. Bendito seas. Amén.