Diario de León
Publicado por
ANTONIO PAPELL
León

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Las portadas de la prensa de este jueves, en lo concerniente a la comisión de investigación sobre el 11-M, eran sencillamente surrealistas. Si se piensa que nos encontramos ante un episodio aterrador que produjo más de 190 víctimas mortales y que quienes ahora «investigan» actúan en sede parlamentaria y en nombre de la soberanía popular, se experimentará una confusa reacción entre la risa y el llanto al leer los titulares de cabecera de los grandes periódicos de este país. ABC abría su portada con esta afirmación: «La Policía admite que culpó a ETA hasta el 13-M y avala la primera versión del PP». El País escribía que «Tres mandos policiales contradicen las declaraciones de Acebes sobre ETA». Y El Mundo, rizando el rizo de la colateralidad sinuosa, decía que «El PP emplaza a los restantes grupos a que citen a los confidentes del 11-M». Para mayor escarnio ideológico, este periódico abría su edición con una inefable afirmación a cinco columnas que rezaba de este guisa: «PSICOLOGÍA: Un estudio sostiene que los electores confían más en los políticos con rasgos femeninos». Probablemente, los estudiosos puedan realizar tal afirmación aventurada y pintoresca, pero el panorama permite preguntar con irritada ironía si no nos habremos vuelto todos locos en este país. Es imposible que las averiguaciones, que han emprendido ya una trayectoria confusa, cambien la opinión de la ciudadanía, que ya se pronunció el 14-M: hubo con certeza un conato, bien intencionado o no, de manipulación de la opinión pública, y colmó el vaso de la paciencia de una sociedad que ya estaba irritada por la conducción arrogante del gobierno que había mantenido en los últimos tiempos el presidente Aznar y que nos involucró en la guerra de Irak, un designio que no contaba con la aprobación de la inmensa mayoría. El PP sabía perfectamente, por pura y espontánea intuición, minutos después de la matanza, que si llegaba a reconocerse que del gran drama había sido causado por el fundamentalismo islámico, el electorado lo castigaría con dureza; y que si la autoría hubiese sido la de ETA, Rajoy sería presidente del Gobierno. Es inimaginable que, ante el dilema, los responsables gubernamentales mintieran, porque la honorabilidad de quienes estaban al frente del país en aquel momento, no ofrece dudas; pero sí es evidente que se dejaron arrastrar por su propia obcecación. En cualquier caso esto es ahora irrelevante. La comisión de investigación ya no puede detenerse un minuto más en la patología de las relaciones políticas, en la petición y en la rendición de cuentas que ha comenzado a plantearse con salvaje impasibilidad: la comisión tiene, ante todo, que garantizar a la ciudadanía que la seguridad se ha fortalecido, que los errores que hicieron posible el 11-M se han corregido y que esta sociedad se ha armado frente a la insolencia macabra de los sayones que llenaron de luto a este país hace cuatro meses. A la mayor parte de nosotros nos importa un bledo la cronología de un desentrañamiento policial que ya no es operativo: queremos saber en qué falló Acebes para que el múltiple atentado tuviera lugar. Todo lo demás es indecente histrionismo, porque la depuración de responsabilidades políticas ya se hizo con toda claridad el 14-M. Pero no tendremos esa suerte: aquí, seguramente como en todas partes, los partidos políticos no tienen otro afán que destruir al adversario, que laminar al contendiente, que excluir al discrepante para seguir deseando mantener enhiesta la saeta del odio. Nuestros enemigos no están en el Parlamento español, sino fuera de él, en las sombrías estancias de la intolerancia. No tiene, pues, sentido que tengamos que asistir a esta cainita confrontación que sólo nos deparará más desazón y más miedo. Se han equivocado, en fin, quienes están pretendiendo convertir la comisión de investigación en un auto de fe.

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