PANORAMA
Los infiernos domésticos
HAY CRUELDADES enraizadas y subrepticias que actúan sin estridencia, agresiones socialmente traslúcidas que afectan solapadamente a determinados grupos y que, cuando cambian ciertas circunstancias y se advierte que han comenzado a adquirir dimensiones epidémicas, emergen súbitamente por que felizmente se han derrumbado determinados perjuicios. Es lógico entonces que surja un estallido de indignación general, con potente reflejo en los medios. Es lo que ha ocurrido con la llamada violencia de género, vinculada sin duda a un proceso político y sociológico de laicización de la sociedad, de emancipación del ser humano tras el derrocamiento de seculares tabúes concebidos como instrumentos de dominación. Nada de cuanto se haga en pro de esta batalla hacia la equidad será suficiente; bienvenida sea la conciencia social que impulsa pautas y normas que pongan término a ancestrales abusos y postraciones. Pero las soluciones no serán eficaces si no se establecen sobre el realismo, el sentido común y la verdad. Vicente Verdú sistematizaba hace algunos días en su columna unos datos conocidos pero no suficientemente enfatizados. Así por ejemplo, no es verdad que el carácter temperamental, mediterráneo, machista, históricamente ligado a integrismos religiosos de rancias raíces literarias que hacen especial énfasis en la masculinidad como virtud sea el responsable del «mayor» problema de violencia de género de Europa (el nuestro). En España, son asesinadas por sus parejas 2,4 mujeres de cada millón, frente a las 3,58 de Alemania y a las 4,36 en el Reino Unido. Pero es en los países nórdicos, temperalmente fríos en teoría, de religión protestante y proverbialmente feministas, considerados promiscuos y poco fogosos, donde los datos son más sorprendentes: dichas cifras se elevan a 5,42 en Dinamarca, a 6,58 en Noruega y a 8,65 en Finlandia. Obviamente, Verdú no quiere llevar con esta documentada reflexión a restar importancia al terrible drama de las mujeres que viven el infierno de la violencia de género sino a evitar que sean omitidos, por alguna alucinación mediática y minimizadora, otros infiernos igualmente incendiarios que originan dramas igualmente terribles y que, nadie sabe bien por qué, no alcanzan el relieve que merecerían, no sobrecogen en la medida que parecería razonable. Por decirlo más claro, la violencia de género, con casi un centenar de muertes al año, es el terrible problema que inunda con grandes caracteres tipográficos las portadas de los periódicos españoles. Pero en Francia, donde mueren al año asesinadas por sus compañeros más de 300 mujeres, el asunto no está en las portadas de los rotativos sino en los rincones más recónditos de las páginas de sociedad: en el país vecino, el infierno doméstico de estos meses es la pederastia, una plaga que a buen seguro no tiene allá mayor envergadura que en el Reino Unido, en Bélgica, en Alemania o en España. Y en Italia, la prensa está volcada ahora con gran aparato publicitario en otra iniquidad: el abandono de ancianos, una perversión tan repulsiva como cualquiera de las anteriores. Hagamos, en fin, una colosal campaña contra la violencia de género, que protege y dignifica a la mujer y resuelve una milenaria injusticia cultural pero no hagamos demagogia ni seamos ingenuamente unidireccionales en la administración de nuestra ira o de nuestros sentimientos. Éste no es único problema de una sociedad disfuncional en el que el machismo se entremezcla con la homofobia, con la intolerancia, con el racismo, con la insensibilidad, con la avaricia patológica, con el desaforado afán de poder. Decía Sartre en 1944, cuando ya se atisbaba el término de la Segunda Guerra Mundial, que el infierno son los otros. Es notorio que hay una infinidad de infiernos domésticos que nos rondan pero tratemos de verlos todos con espíritu generoso y amplio de la rebeldía pero no nos absorbamos en uno solo como si quisiéramos ignorar todo lo demás.