Las reinas del Naranjo
La nieta de el Cainejo, Teófila Gao, que subió al Picu a los 15 años, y Ana Martínez de Paz, la mujer que más veces ha hecho cima en esta montaña, coincidieron en Caín

Teófila Gao Pérez y Ana Martínez de Paz posan juntas en Caín
El ayer y el hoy del sueño montañero coincidieron en Caín. Las sombras de la noche hacían que las montañas que enmarcaban el cielo rivalizaran con las nieblas que intentaban invadir el entorno de ese recóndito nido de águilas. En la bolera, y teniendo como pantalla la pared de la iglesia, aparecían imágenes de los Picos de Europa y de otras montañas del mundo que ilustraban la conferencia de Ana Isabel Martínez de Paz sobre el montañismo femenino y su importancia en la historia del Naranjo de Bulnes. La conferenciante sabe de lo que habla: ninguna mujer en el mundo, salvo ella, ha subido 47 veces a la cima de esa peña mítica desde la que, en los días transparentes, el mar parece poder tocarse con las manos. El Naranjo la enganchó un buen día «en el que los colores eran irreales» y el enamoramiento sigue: su reto inmediato es llegar a las 50 ascensiones. No va a tardar en conseguirlo. Ana, que comparte las aventuras montañeras con César, su marido y también experto alpinista, acaba de regresar de la república de Kirgyzstán donde las nevadas y el intenso frío les ha impedido atacar otro reto sólo para escogidos: el pico Lenin. Seguro que lo intentarán de nuevo. Pero volvamos a la bolera de Caín. Entre el público, una mujer que ya viste canas escucha con especial atención y sin disimular la emoción. Se llama Teófila Gao Pérez y aún se le nublan los ojos al recordar el 6 de agosto de 1935 cuando, teniendo entonces sólo 15 años, escaló la cara sur del Naranjo junto a su padre, Domingo, y otros dos vecinos de Bulnes. Subió y bajó sin cuerdas, lo que hoy día aún causa asombro entre quienes conocen el Picu Urriellu. Teófila se convirtió en la segunda mujer que subía a ese mágico otero que comenzaba a llamar poderosamente la atención de los montañeros de toda Europa. La primera había sido, sólo unos días antes, María Isabel Pérez. Ambas son nietas de Gregorio Pérez Demaría, el mítico Cainejo, quien, hace ahora cien años, coronó por primera vez, junto a Pedro Pidal, la cumbre mítica. «De joven no había piedra ni árbol que se me resistiera» comenta Teófila quien, después de mucho tiempo, ha regresado a su pueblo para toparse con el asombro de las viejas caras conocidas y para revivir los mejores sueños de la infancia. Una velada inolvidable la vivida en la noche del pasado martes en Caín. Un acontecimiento sencillo, sin alharacas, enmarcado por el amor a la montaña y por las peñas fantasmales de los Picos donde habitan los miedos y los sueños. Los mismos que son el mejor combustible de mujeres como Ana y Teófila. Esa clase de gente que mira alto.