CRÉMER CONTRA CRÉMER
Los abuelos
ME ENTERÉ cuando me llevaban raptado a disfrutar de unas vacaciones bien merecidas, según la expresión de un anciano de mi edad. Era, pues, hacia el mes de Julio ya rayando con las estribaciones del agosto feroz. Quemaban las cales de las fachadas, y de los hierros sagrados se desprendía un calor que llamábamos histórico porque solamente los caballeros de la edad media, podrían resistirlo sin oprobio y sin protestas. Por las tierras, absolutamente históricas y dejadas de la mano de los señores de todas las guerras habidas y por haber, cruzó la sombra benemérita del Presidente del Gobierno, que lo era un leonés de fundamento, de vocación y de costumbre, y todos los habitantes de la ínsula Barataria, que era la Ciudad para los incrédulos, daban gracias a Dios y al Cid grandes alabanzas. Fue entonces cuando los viejos se echaron a la calle. En estas provincias de las costuras de España, a los viejos, durante el tiempo tremendo del verano, no se les mueve de casa, sino es para recluirles en alguna residencia o en tal o cual hospitalillo para peregrinos hacia ninguna parte. Fue durante un momento tan solemne y significativo, cuando a las nietas de los abuelos, que son las que con mayor presura y entendimiento se desprenden de los abuelos, idearon celebrar El Día del Abuelo. ¿Para qué? Pues qué quiere que le diga a usted. Para extender la idea de que la sociedad moderna, se acuerda de los mayores, de los ancianitos, de los viejos. Con esas y otras disculpas con intención de justificantes, los hijos de los padres ya pasados, los nietos de los abuelos para el arrastre, en cierto modo, borran de sus biografías la tremenda aventura del viejo, del abuelo, llevado y traído como una de esas mascotas (que llaman a los perros de compañía) e inevitablemente -porque la vida es así- acababan en un dramático final, ya al costado de la vida de padres, hijos, nietos y demás familia. La conmemoración de los abuelos, no es, pues, sino un artificio para convencer al personal del amor que los niños, los adolescentes y los adultos tienen por sus abuelos. Mientras el abuelo sirve de algo, por ejemplo de cuidador de niños o de recadero de buen uso, todavía la condición de abuelo se acepta, se cuida y hasta se reconoce, pero por lo general, los viejos además de ser una lata, no sirven para nada útil. Y claro que hay que hacer algo por estimular en ellos el deseo de vivir, el ansia de sentirse necesarios, la ilusión de que todavía con materia utilizable. Pero sin menoscabar su dignidad, sin reducirles a la condición de capítulo pasado de la historia general de la familia. ¡Liberad a los viejos de la tutela benemérita muchachas que quedaron para vestir santos y toda la ternura la ponen en el asador de viejos! ¡No permitáis que las apacibles señoritas municipales metidas a monjitas de cualquier caridad dirijan la andadura de los abuelos! ¡Merecen ser libres! «Cumplieron dignamente con la vida, trabajaron rompiéndose los huesos, tuvieron hijos de amor y de costumbre y pagaron sus cuotas de martirio» ¡Dejad que los viejos se acerquen a la vida!