Diario de León
Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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O SEA que se trata de una enfermedad o de un virus, o de una manía, absolutamente incurable.Moriremos con los culebrones de la sucesión puestos como murió mi tía la del pueblo o como acabó el perro del tío Mocazos, con el culo pegado a la pared. Todos los alcaldes que se citan son buenos, amables, transigentes, demócratas y amigos de la caza, pero el caso es que ninguno ha conseguido dar con la piedra filosofal, con la cuadratura del centro y la ciudad, dicho sea en honor a la verdad, anda manga por hombro y con un pie en el charco. No acertamos, no señor. Nos sucede o le sucede al conjunto municipal lo que el señor Camacho el director de la orquesta de Madrid el galáctico pelotonero, que no consigue dominar la situación y se ve obligado a dimitir. No es este el caso de los alcaldes leoneses metidos en una refriega de la que no saben cómo salir. Y es que lo que padecemos los leoneses, lo que diagnosticaron lo más preparados de la segridad social es que debe ser Cáncer. Y nadie cree que la ya insoportable reunión investigadora del 11-M al 14-M consiga encontrar el antídoto que pueda corear tan gravísima como estúpida dolencia. Al final del encuentro, litigio o farsa acabaremos todos sin saber todavía si lo que aconteció en dichas fechas, fue de derechas o de izquierdas. Cuando ya viejecitos, sin ánimo para movernos, (¡No, no nos moverán¡), demos por concluido el culebrón venezolano que están interpretando, con más coña maragata que conocimiento, habremos llegado a la conclusión de que no sabemos nada de nada y que todo ha sido una broma política para ver si el electorado continúa tragando. Cuando en Cafarnaum, (creo que fue), los apóstoles se disponían a cruzar el lago, siguiendo el paso seguro de Jesús, el discípulo amado, Juan, clamaba con justa alarma: «¡Señor, que me hundo!»... «Señor, que me hundo!», y así hasta que el señor, volviendo la cabeza, conminó al trémulo discípulo: «¡Por favor, Juan, no seas idiota y anda por las piedras»... Y no sé por qué se me vino la anécdota a la memoria, cuando la brava, bravísima tonadillera Rocío Jurado, ya con el agua al cuello como quien dice, abrió la ventana y dirigiéndose a los vecinos curiosos, dijo: «¡Pues sí, señores, es cáncer!» La temblaba un poco la voz a la chipionera, pero emitía tal admiración, tantísima ternura, que por un momento todos los que escucharon la explicación de la famosa andaluza, la dedicaron su aplauso unánime, su piropo más agradecido. Porque en España, no se sabe por qué, confesar que el cáncer se ha apoderado de nosotros, nos causa tal desazón, tan ridícula vergüenza, como si el mal pudiera ser atribuido al doliente y no a la naturaleza indómita. Y es que todos, Señor, andamos sobre aguas convulsa y nos dolemos alguno de los misteriosos males que nos acechan. Y tenemos miedo y en lugar de andar por encima de las piedras, esquivando el peligro, pedimos socorro. Y no se sabe si lo que nos sucede a los españoles en términos generales y en otros términos es que no somos capaces de aceptar los males con coraje y llamaos a todas las puertas o nos hemos acostumbrado a que el Mesías oficial nos tenga de su mano... ¡Gracias, Rocío, por la lección! 1397124194

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