CRÉMER CONTRA CRÉMER
La Virgen del Camino no está muy lejos
EN TIEMPOS de más serenidad política, a estas alturas del año, ya a las puertas de la Fiesta Regional de San Froilán, el leonés, propiamente dicho, ya estaba preparando su bagaje de peregrino a La Virgen del Camino. Su mayor preocupación, era la de encontrar acogida en un grupo de vecinos castizos y amigos de las tradiciones, que le admitieran como compañero de viaje en una de las carretas que por ejemplo, en La Corredera, se preparaban cuidadosamente, contando con las espléndidas parejas de bueyes que habrían de arrastrar todo el tinglado hasta la tierra de La Bien Aparecida, que dicen por Cantabria. Como el viaje duraba mucho tiempo, la carreta se proveía de una intendencia copiosa y auténticamente de la tierra: Chorizos entrecallados, morcillas con misterio y si venía al caso y los medios económicos de los ocupantes del carro lo permitían, algún guisote de mucho pimentón o tal cual tortilla a la española, con más patatas de la huerta que huevos. Y en la carreta, como en la Romería del Rocío, siempre había un guitarrero, para acompañar la coplería antigua: «Vamos a ver, niña/ vamos a León / que la Catedral tiene/ la Luna y el sol», o la alusión geográfica para evitar que algún andante emparejado de novia enamoradiza, se perdiera por las sendas verdidoradas de las pampas recién vendimiadas: «La Virgen del Camino, mi niña/ no está muy lejos/ que está junto a Trobajo,/ y de Montejos». Y entre copla y copla, un tiento amor, que la vida es breve. Ya en la campa de La Virgen, al costado de la ermita que levantara el fervor de los vecinos de Valverde, de La Virgen, naturalmente, y de todos aquellos municipios que llamaban del Voto, se establecía el campamento, con el carro como piadoso medio de defensa contra el sol de justicia, que calaba como una navaja descomunal, y se intentaba llegar al lugar del templo donde la Señora de nuestros caminos, prometía milagros, como el del navegante en túmulo de madera sagrada. Cortábamos una esquirla del arcón, porque se aseguraba que era remedio como mano de santo para dominar dolores del cuerpo, besuqueábamos el manto, visitábamos la capilla de los exvotos, y comenzábamos a reunir perdones para repartirlos en la Capital entre los que no pudieron o no quisieron entrar en el juego sacro. Cumplidos los oficios, la camada se reunía a la sombra del carro, y daba cuenta de la tortilla y de la bota de vino de Valdevimbre. Cuando el sol se cansaba de amparar borrachos y danzantes, se iniciaba el ceremonial del regreso, que era, sin duda, el momento culminante del festejo, porque los mozos y las mozas, rehusando la carreta, se perdían entre los viñedos, hasta ya con la noche empujando a los romeros hacia la Catedral, «porque la Catedral tiene/ la luna y el sol/. Bueno pues a lo que íbamos es a que ya nada es lo mismo, ni el despliegue de carretas engalanadas tiene fundamento tradicional y lúdico, ni siquiera un aliento religioso. Los romeros que se deciden a celebrar la fiesta, acuden sin entusiasmo, sin espíritu de tradición o señal de identidad que la romería pudiera suponer. Y en lugar de la música panderera parte la jota y la copla («De tu cigarro dame/ una fumarada/ porque me han dicho que tienes/ miel en los labios, anda morena») bueno pues en lugar de estas desabridas explosiones madrigalescas, se escucha la chillona voz de la «famosa» de turno... Y como no nos enteramos del mensaje que su canción emite, enlazamos a la «jai» por la cintura y nos perdemos entre el viñedo. En esto sí que como siempre.