EL PULSO Y LA CRUZ
Arremangarse
CON LA QUE ESTÁ cayendo, abramos el paraguas, respiremos hondo, levantemos bandera blanca... y lancemos la mirada hacia delante con la mano puesta en el arado. En el arado de las programaciones pastorales. O sea, con los ojos puestos en el horizonte al que apuntan los carriles que se nos ofrecen desde las instituciones diocesanas responsables de este asunto. Esas líneas maestras nos deben orientar para, de consuno, poder consensuar y sintonizar y acompasar objetivos, acciones e instrumentos. Es una manera visible e indispensable de hacer Iglesia; es decir, de vivir la comunión eclesial dentro de la diócesis. No olvidemos lo que escribió con sabiduría y fe aquel gran teólogo que fue Romano Guardini: «Nadie puede decir que ama a la Iglesia, si no ama a su Iglesia» . Con palabras y con obras, añado yo. Quiero decir con todo lo adelantado que estamos a principio del curso pastoral, que hay que arrimarse a la madera (metáfora del mundo de los bolos), que tenemos que reavivar la fe en lo que significa comunidad diocesana, que hay que hacer un esfuerzo por revisar la visión que tenemos de la realidad, que se impone acoger y estudiar los Programas Pastorales que nos ofrecen los organismos responsables de ello y que, finalmente y en este momento, hay que «arremangarse» y meterle el diente a lo escrito para adaptarlo a nuestra realidad socio-religiosa. Con dos precisiones más. La primera, que todo esto no es cosa de unos elegidos, como pueden ser los vicarios, los arciprestes, los párrocos, que también; es cosa de todos los cristianos que tengan un poco de conciencia de pertenencia a la Iglesia diocesana. (Y el que no la tenga, que piense que su cristianismo padece en algún grado la enfermedad de la avitaminosis eclesial, que debe ser peor que la salmonelosis). La segunda, que obras son amores, que es tanto como decir que esos conocimientos, reflexiones y acomodaciones tienen que fraguar en unas acciones, apoyadas en unos recursos personales y materiales. Vamos, que es el viejo esquema de «ver, juzgar y actuar». Que conste que se puede cuartear si falla alguno de esos pasos. Manos, pues, a la obra, que es amplia y profunda. Con las virtudes del ardor -que es la fe viva- y con esperanza. Que para algo nos las da Dios de balde. ¿Por dónde hay que tirar? Vamos a ello, con el ofrecimiento, en síntesis, de los programas pastorales de este curso en nuestras diócesis. La de León, como desarrollo de su Plan Pastoral «Para la edificación de la Iglesia», buscará este año poner buenos cimientos: «Construir nuestra Iglesia diocesana sobre el cimiento que es Jesucristo». Con ese fin se pretenderá, de forma concreta, crecer en el descubrimiento de Cristo y en la relación personal con él, hacer de la vida un espacio de acogida de la llamada de Dios al seguimiento de Jesús y descubrirlo y servirlo en las personas que sufren, como mano larga del amor de Dios que hemos de ser. Un campo de especial concreción para este curso será dar forma precisa a los itinerarios que se han de tener en cuenta para la incorporación a la comunidad cristiana de adultos, jóvenes, adolescentes y niños con uso de razón que quieren iniciarse en la fe cristiana y celebrar el Bautismo. Los motivos de este énfasis en el acercamiento a la persona de Jesucristo los ofrece el Obispo cuando afirma, en una Carta Pastoral escrita a este propósito: «Edificar la Iglesia sobre el único cimiento que es Jesucristo, constituye hoy un reto decisivo para los creyentes, teniendo en cuenta la situación cultural y religiosa en la que nos ha tocado vivir» . La de Astorga se empeñará en hacer de la Iglesia casa y escuela de comunión y de santidad con vistas a poder ser más incisivos en la presentación del Evangelio al hombre de hoy. Como objetivos parciales estarán presentes la formación de los cristianos para mejorar la corresponsabilidad y la participación en la vida de la comunidad, la evangelización de las familias, la atención a la incorporación a la fe y a la vida eclesial de los jóvenes, y la promoción de la justicia y de la caridad en los ámbitos socio-político y laboral, con preferente atención por los nuevos rostros de la pobreza y de la marginación. Como ven, parece que para ser cristiano en nuestro tiempo no basta ser bueno y acudir a Misa los domingos. El Concilio (son ya cuarenta años) nos recordó que todo bautizado está llamado a ser santo y a ser testigo. A ser y a hacer. Con ganas. Habrá que «arremangarse».