Diario de León

PANORAMA

Suicidio en el patio de recreo

Publicado por
VALENTÍ PUIG
León

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SOMOS UNA sociedad que se obstina en mirar para otro lado cuando se trata de la gravísima crisis del sistema educativo. En los institutos del cinturón industrial de Barcelona, los índices de baja psicológica entre el profesorado son inconfesables, de tan elevados. Otro aspecto fundamental es la incidencia de la inmigración en la cohesión de las aulas. Tiene más antigüedad la situación de la agresividad de unos alumnos contra otros, especialmente con los de apariencia más quebradiza. Ha sido reciente el suicidio de Jokin Zeberio, de 14 años, abrumado por las agresiones de algunos de sus condiscípulos. Ocurrió en Fuenterrabía. Esa es una cuestión de desgobierno evidente en los centros escolares, consecuencia de un sistema permisivo que vino a sustituir torpemente los modos autoritarios que se suponían propios de la pedagogía española a finales del franquismo. El resultado es abrumadoramente negativo y no parece que el gobierno de Rodríguez Zapatero lo entienda. Ahí se entremezclan responsabilidades de todos, y también de los padres. A finales de los años setenta, quien firma estas líneas vivió una experiencia muy poco esperanzadora como profesor -entonces- de enseñanza media. El caso era paradigmático: aunque el muchacho se negase, los padres de un alumno acuden a sus profesores para denunciar unos malos tratos que se han sustanciado en quemaduras de cigarrillo en la palma de la mano. El profesorado del centro indaga. Al final, se identifican los culpables. La agresión se producía en equipo, en horas de recreo, por el simple hecho de que el agredido era tímido, retraído y no compartía los juegos belicosos de los demás. Por parte de la dirección del centro, a continuación se cita a los padres de los agresores. En su presencia, los muchachos confiesan pero los padres se niegan a creerlo. Aquel mismo chico que todos los días está en casa haciendo sus deberes y respetando a sus padres no puede haber torturado a otro alumno. Por una especie de síndrome de Estocolmo, el muchacho agredido niega las acusaciones y sus padres le llevan a otro colegio. Por parte del profesorado, solo cabe esperar a que fatalmente se de otro caso. Es la sintomatología del suicidio en el patio de recreo. Ningún padre va a aceptar que su hijo sea un pequeño monstruo que arremete a los más débiles en el recreo, que pueda llegar a torturarlos, que llegue hasta la extorsión económica. Todos los hijos son, por definición, buenos y normales. Luego ocurre que Jokin Zeberio, extenuado por las vejaciones, se arroje al vacío desde una muralla de Fuenterrabía. No podía soportar más agresiones. Estaba harto de palizas. Eso es algo inauditamente serio, grave, intolerable. Y esas cosas ocurren casi habitualmente, según los ritos de la adolescencia, crueles y sin control. Es casi como un deporte, una prueba de masculinidad. Fallan la escuela y la familia, lo que es lo mismo que decir que falla la sociedad entera. Nadie quiere aceptar que esos agresores en edad de crecimiento son los buenos hijos del vecino, los nietos del abuelo que cuenta batallitas. Otros muchachos han sido a la vez víctimas de la intimidación hostil, del puñetazo, de la injuria. Eso ha ocurrido en al patio del recreo, vigilado por profesores que trabajan a conciencia y saben de sus deberes. Inconfesablemente, estamos ante una situación de desgobierno en el sistema educativo. La fractura en los sistemas de respeto ha resquebrajado la autoridad de los padres y de los profesores. La utopía del aula sin muros ha llevado a la realidad de una jungla en el patio de recreo.

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