Mascotas contra el alzhéimer
Un programa piloto de terapia asistida con perros, similar a uno que se desarrolla en EE.UU., demuestra los beneficios de los perros para los pacientes y para sus cuidadores
«Me ha dado vida», dice Ángel Bocalandro con toda la rotundidad que le permiten sus 71 años y su alzheimer leve. «Y calidad de vida», añade Marisol Martínez, su esposa y cuidadora, consciente de que la enfermedad sigue su curso tranquilo pero inexorable. Los elogios son para Arena, una perrita que en sólo dos años con la familia ha hecho milagros terapéuticos y afectivos. «Lo único que le falta es hablarme», remarca Ángel antes de insistir: «No me habla, pero se entera de lo que le digo. Y no me ha subido nada el alzheimer». «Nunca había estado enfermo» hasta que un año después de jubilarse le dio, como él gusta de repetir, «un tromboncito y un poco de alzheimer». En realidad, hacía tiempo que su esposa le iba notando cierta pérdida de memoria y de seguridad, y a raíz de la trombosis y el hospital, insistió al neurólogo para que lo examinara. El diagnóstico llegó así en una fase todavía leve y con más posibilidades de tratamiento, aunque Marisol no se libró de la típica 'receta' médica para cuidadoras: «Una pastilla de paciencia por la mañana y dos por la tarde». Pionero en Europa Hasta que, hace tres años, su contacto con la madrileña Asociación de Familiares de Enfermos de Alzheimer (www.afal.es, 91 309 16 60) le hizo conocer un programa piloto con perros que iba a ponerse en marcha en colaboración con la Sociedad para la Asistencia y Terapia con Animales (www.hydra-sata.org, 91 632 39 92). «En alzheimer es un proyecto pionero en Europa, y sólo en Estados Unidos hay algo que se le puede parecer», recalca «sin chovinismo» Marino Martínez, que se curtió en el adiestramiento de canes para ciegos antes de dedicarse en cuerpo y alma a esta iniciativa. «No se trata de trabajar a los perros para ir una hora a un centro de día o a una residencia, sino para 'meterte en el barro' con la familia del paciente, para vivir las cosas buenas y malas». Al cabo de dos años largos, pesan más las buenas. A Ángel se le nota feliz con su mascota: «Arena me lleva y me trae; nunca nos hemos perdido». Marisol resume la mejoría de su marido en que ni siquiera necesita ya «las pastillas para los nervios», y subraya que Arena ha sido balsámica para todos: «Ha habido tristeza, llanto, de todo, y la perra nos ha dado alegría y bienestar. Ahora puedo ir tranquilamente a la calle, porque sé que con ella se queda feliz». Además, se ha demostrado más eficaz que las píldoras de paciencia: «Te liberas del mal genio diciéndole lo bonita que es», apostilla. Cuidar al cuidador Como cuidadora, sabe que «hay que implicar a los más allegados, porque si no, es para volverse locos». No le faltan apoyos. Sus hijos, que la ayudan física y emocionalmente con Ángel. Su «segunda familia» de Afal, donde él acude semanalmente a entrenar sus funciones cognitivas y ella a una terapia grupal de la que «sale como nueva». Y Marino, que se siente «casi miembro de la familia» a fuerza de compartir cafés, charlas y afectos. El broche terapéutico lo pone el perro, que, como repite Marino Martínez, «es para la familia, no para el paciente», y que, conforme la enfermedad se hace más severa, acaba «pasando al cuidador de la noche a la mañana». Dexter me cuida, me da ánimo y cariño».