CORNADA DE LOBO
«Olvídame»
CADA PIEDRA era un muerto, uno que no volvió. Cuando los hombres salían del poblado, llevaban consigo un morrillo dejándolo en algún altozano cercano del camino. Al volver la gente de sus cazas o escaramuzas de mamporro, cada cual recogía su señal, su canto, y allí sólo quedaban las piedras de los que no regresaron. Los celtas eran así; y también los hijos de los celtas, gallegada inmensa que siguió saliendo durante siglos de sus poblados para buscar un jornal de hoz por campos toledanos y castellanos o una ventura de teitador y picapedrero por el largo rosario de pueblos en su camino de vuelta. El montón de piedras que hay en Foncebadón, allí donde la Cruz de Ferro, es el último vestigio de esta costumbre y, retiradas todas las que la peregrinada arroja en su rito vaciado de sentido, verías las piedras muertas de los muertos de verdad que no volvieron a pasar por el camino a recoger su identidad de vida. Los caminos de esta tierra y de todas las que no alcanzas a ver están también sembrados de muertos en sus cunetas, muertos de hace milenios y muertos de anteayer. La piedad de los astures con sus dolientes crónicos era expeditiva; a los enfermos incurables se les sacaba de casa, se les llevaba a un cruce de caminos y allí les dejaban en la confianza de que pasara alguien que pudiera conocer el mal o su remedio... y allí morían para que las alimañanas tuvieran al día siguiente su desayuno y su oración de gracias a los cielos. Los astures de hoy que vamos en coche plantamos también muertos por los arcenes y no pocos dirigirán hoy sus pasos y sus flores al punto kilométrico donde plantaron una cruz, una maldición y lo regaron todo con lágrimas. En otoño celebraban los celtas a sus muertos, hablaban al suelo y besaban con cánticos y conjuros la tierra mojada bajo la que dormían los suyos prometiendo o no un buen año que ahora se iniciaba en su calendario. La muerte es culto antiguo de toda gente, obsesión humana, la única certeza. Y el culto a los muertos es mandato social donde se recalientan quebrantos sinceros o se solapan ritos huecos y flores de plástico. Razón tenía aquel viejo omañés que en su lecho de muerte dejó ordenado el único epitafio que quería para su tumba: «Olvídame». Debió pensar que era la única paz cierta. No se lo pusieron. Pero le olvidaron.