CRÉMER CONTRA CRÉMER
El Bush y el Kerry
ESPERO QUE PARA CUANDO estas meditaciones a distancia sobre el proceso electoral de las Américas del Norte, del Sur, del Este y del Oeste aparezcan en alguna de las páginas de este mismo periódico, ya se habrán esclarecido todas las dudas, todos los trapicheos, todas las trampas, mediante las cuales los yanquis, también conocidos como norteamericanos habrán elegido presidente de la mayor democracia del mundo. Lo espero, lo deseo y si me adelanto a decirlo es porque aún antes de conocer el resultado del evento, digo y proclamo; primero, que tanto me da Bus como Kerry. Carter como Don Pancracia el titiritero; y segundo, que no creo que esta Norteamérica que padecemos sea una democracia, sino más bien todo lo contrario. Porque una de las señales más características de la Democracia es precisamente la libertad. Y en Guantánamo (colonia cubana conquistada por los demócratas yankis) no hay libertad. Y Democracia es gobernar para el pueblo y con el pueblo y estos condicionamientos no se dan en el Reino de Bus ni en el de Kerry, así lo digan los gansos del Capitolio. De modo que tanto me da que gane el uno como el otro, seguro como estoy, como debiéramos estar todos los demás miembros del Universo-mundo, de que el comportamiento político, social, cultural, religioso, comercial e industrial de la gran fábrica de mentiras va ha seguir funcionando al mismo ritmo, con el mismo tono, con idéntica tensión y sin apartarse un punto de la doctrina monroista de «América y Europa para los americanos». No creemos descubrir ningún secreto si descubrimos que la política de la América del Norte será inevitablemente aquella que impongan los industriales de armamento, los especuladores del dólar, los acaparadores de los medios de vida con los que cuenta el mundo, sean estos trigo, petróleo o aspirinas. Hace ya muchos años que en todo el planeta azul, verde o dorado, se desarrolla la política del vencedor, del triunfante, del poseedor de acorazados, aviones inteligentes y mercenarios y parece una simpleza pensar en que todo este tinglado absolutamente tiránico vaya a desvanecerse por un simple ejercicio de democracia interna. Como el Sacro Imperio Romano y el imperio hispánico en el que no se ponía el sol, los americanos legislan para su provecho y cuando sus estadistas consideran que, por ejemplo, sin petróleo, sin trigo o sin aspirinas no se puede mantener el prestigio de un país, ni , por supuesto, determinados niveles de vida, se modifican las leyes, se establecen los controles y se invaden los pueblos proveedores naturales. Y esto lo hace, lo permite y lo instiga, no Bus, que por las apariencias es un modorro de tomo y lomo, ni Kerry, ex combatiente e invasor del Vietnam, sino el pueblo americano, un pueblo poblado por hispanos, por negros, por desahuciados del mundo, y dirigido con mano de hierro y corazón de bronce, por tantos Bus y cuantos Kerry le pueblan. Y el caso es que Norteamérica es un gran pueblo, en el cual se dan, como en compensación, por tantísima ineptitud, tanta barbarie y cuantísima avaricia sin misericordia, hombres inmensos, descubrimientos asombrosos y gestos solidarios de magnitudes heroicas. Ergo, lo que quebranta la imagen americana y la convierte en un volcán de donde suelen brotar las más miserables hecatombes, no es el pueblo americano, no son los hispanohablantes, los negros, los mercenarios, sino los Bus y los Kerry, de todos los cuales Dios nos libre.