Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

María del Pilar Casado

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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COMPAÑERA DEL ALMA, compañera. No es este tiempo en el que estamos para morirse. Sobre todo cuando, como tú, tenías vocación de vida que es la más profunda de las pasiones humanas. No es que te dejaras morir, que no era ese tu espíritu ni tu destino. Hay seres humanos que nacen con la seña inequívoca de una vida de espinas, otros sin embargo, como si se tratara de algún premio que la providencia otorga, en el cual el nacido, los nacidos, hacen vida, son vida. Tú, María del Pilar, compañera, eras, por los signos que tu paso ha dejado en la tierra, un manantial de vida. Eras, repito, vida. Incluso superando los momentos conflictivos de la naturaleza agresiva, cuando se precia en declarar «que no es vida la vida que no vive en paz». En tu apasionada paz, bien vivías tú, siempre con los ojos abiertos a la luz y el corazón a la esperanza. El recuerdo que de tí me queda es un tanto fugaz y no por culpa tuya sino por mi naturaleza de lobo solitario. Pese a ello cuando pasaste «sin decirme nada» adiviné que en ti se encerraban principios, doctrinas, pasiones no siempre bien avenidas con las reglas de la sociedad, pero que servían para permitirnos seguir tus pasos y escuchar tu voz y leer tus comentarios, convencido de que al fin había dado con el tono humano que mejor reflejaba un coraje, una valentía y una sensibilidad capaz de enmendarle la plana al mismísimo inventor de la vida que se nos daba todos los días. Porque todos los signos, que se nos proponen, compañera, aunque andemos con la angustia al cuello merecen ser vividos. Y tú, en la medida que te fue posible y permitido, les viviste hasta el agotamiento. No has acertado a morirte precisamente en estas vísperas apacibles de la Navidad, cuando hasta los más resistentes a la expresión amorosa hablan de paz entre todos los hombres. Ya tienes la paz. Lo siento, de verdad, porque el ser humano, nosotros, los humildes y puros de corazón no hemos venido a la vida a defender la paz, sino a ganarle a la guerra, a la muerte, su baza. Tú hiciste cuanto te fue posible por dominar los poderes oscuros y para hurtarles el miserable acoso que perseguía hasta tu sombra, te escondiste bajo un seudónimo que dejaba entrever tu rostro colmado de risueñas esperanzas. No pudo ser. Y aceptaste el destino supongo que con un inevitable gesto de rebeldía. Porque eras de las mujeres que no se resignan ni ante los vulneradores ni ante las sentencias definitivas. Algo o mucho tiene la suerte de injusta para que la neguemos carta de naturaleza. No nacemos para morir, compañera, sino para vivir, como tú querías vivir. Como tú merecías vivir. No pudo ser y cuando en uno de estos días ceremoniales nos reunamos todos los compañeros para compartir el pan y la paz, te recordaremos, María del Pilar, compañera del alma, compañera.

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