LA GAVETA
Antonio González-Guerrero
EN ENERO DE 1990 Luis Mateo Díez presentó en la Casa de León de Madrid mi primer libro, los cuentos de "Pobres del Sil". Al terminar el acto hubo allí un ágape, tendido de viandas bárbaras y sabrosas del país natal, y pude hablar con diversos leoneses afincados en Madrid, muchos de ellos vinculados a las letras, y también con algún amigo antiguo, recuperado transitoriamente en aquellos momentos, y fue entonces, como en un aparte, cuando un hombre joven y grave se me acercó, me saludó y me dijo que era Antonio González-Guerrero. Fue la única vez que lo vi, a Antonio, y hablamos allí un rato. Me contó que trabajaba en la televisión, que viajaba bastante, que seguía escribiendo, que había ganado varios premios, y mientras me decía estas cosas sentí lo que siempre siento cuando conozco a un berciano: tengo la sensación de que es un pariente. Alguien que anda cerca, que comparte cosas, que no tardaría en ser mi amigo. Porque así suceden los hechos, por lo general, y eso que uno no cree en las identidades colectivas, más bien las aborrece. Pero es que uno dice unas cosas, en las que cree, y también a veces siente otras no del todo semejantes. Y hay que ser fiel a esos dos unos, claro, como buenamente se pueda: al del corazón y al de la razón. Días después, ya en Valencia, llegó a mi casa un libro de Antonio González-Guerrero. Lo leí y me llevé toda una sorpresa porque su obra ya era la de un poeta hecho y derecho. Y digo sorpresa porque lo que yo había leído de Antonio, muchos años atrás, eran versos todavía muy principiantes. Le mandé una carta de agradecimiento, no sé si cruzamos alguna más, y luego ya no supe de él nada hasta que hace días Carmen Busmayor me envió un correo electrónico contándome la noticia de su muerte. Yo ahora, sin embargo, quiero hablar de un Antonio González Guerrero muy joven y sano, cuando aún no le conocía. Cuando tal vez vivía en el Bierzo, o acaso en Francia, que de todo hubo. Cuando publicaba sus versos en la revista "Aquiana" de Ponferrada, donde acompañaba sus creaciones con una foto vagamente andrógina. Por entonces había un grupo de jóvenes bercianos, como él, que manifestaban una gran pasión por los versos. Escribían mucho, se ensalzaban legítimamente, eran amigos, ganaban algún premio. Todo esto ahora parece muy remoto y lo es, y sin duda muy menor, y también lo es, pero en quienes leíamos aquellos versos y percibíamos aquellos lances de amistad y de osadía no los olvidamos. No olvidamos la difícil batalla de ser poeta en un país de tantos poetas como España, y vivir además en una comarca apartada. Mas, con todo, lo que importaba e importa es esto: decir los versos que se sienten y se maduran, o que se descargan torrencialmente. Juntar palabras y luces, hablar de gozos y asombros, de fugacidades y vértigos. También de amores trágicos y digo esto en particular porque cuando conocí a Antonio González-Guerrero sentí, no sé por qué, que él andaba lacerado por algún desencuentro amoroso. Algo de esa consternación secreta que late en todo amor contrariado sentí brillar en su mirada oscura y educada. Ahora Antonio ya no está en el mundo. Es fácil decir que nos quedan sus versos, pero lo cruel es su muerte, que le privó de varias décadas de vida, y ya no tanto para escribir sino para seguir siendo uno más entre nosotros, para seguir trabajando, leyendo y teniendo amores, aunque acabaran mal. La muerte de Antonio es la muerte de un hombre luchador, trágico y libre, seguro que bueno y noble. Un hombre que se fue antes de la hora, como también sus paisanos contemporáneos y colegas Ramón González-Alegre y Gilberto Ursinos, todos nacidos en las orillas del Burbia, de Villafranca a Corullón, tierra verde y jacobea, de castaños y chopos, de muy bercianas melancolías.