Diario de León
Pedro García Trapiello

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VICKY, paisano entre estas heladas y maestro en pasar los sueños a tinta; Vicky, genio y figura, dales con la badila en los nudillos, dales, que en cuestión de edad, dignidad y gobierno andas sobrado más que nadie y sobrevuelas con canela irónica toda esta modorrez nuestra que sólo pisa una alfombra-sudario bajo la que enterramos demasiadas barreduras. Vicky, qué bien. Cumpliste años como quien va a cumplir un siglo y la declinación de la edad no te pasa por las venas ni, aún menos, por ese tarro de frescuras con que rematas tu humanidad, esa lucidez y esa sencilla compostura con la que compareces a diario sobre las páginas de ese nuevo libro que siempre estás escribiendo o sobre el papel efímero de los días de este periódico, que no es papel tan efímero, aunque mañana tengas que hacer otro artículo que parece sepultar al anterior, pues en los barrancos del tiempo que son las hemerotecas está escrita tu huella y tu lección; es memoria indeleble con la que topa todo el que recuerda o larga sus pasos a lo que fue. Yo aquí te echo la cuelga como está mandado. Lo más importante de un «cumple» es la cuelga, cinta de hacer lazada en los colchones que las madres usaban para ir enhebrando o cosiendo en ella galletas de coco, caramelos de vete a saber, envoltorios de celofán, un regalito de honra y un billete de cinco pesetas, un duro de papel, o unos realines de agujero si era chico aún el rapaz. Con la cuelga tuya, querido Vicky, casi no puedo al pujarla. Agasajo y presentes te son debidos y en la cinta voy cosiendo todos los títulos de tu obra, que es relación inabarcable y aleccionadora; coso unas décadas negras de tinta gorda entre minervas y linotipias, años y años de gestión cultural, fundaciones, conferencias, escritura interminable y poesía, mucha poesía; y coso también allí todos los caramelos del corazón para que endulcen las páginas amargas que se cuelan al encuadernarnos la vida, muchos caramelos, así que no hagas ni puto caso al médico con eso de la diabetes; tú no tienes diabetes, porque se aburriría de tu tenacidad y se iría de nuevo a un ambulatorio, que es donde estraga. Así que brinca el alma, Victoriano, echa burbuja a tu risa, don Crémer, ante el umbral de tus noventa y ocho que son sólo un prólogo de tus ciento veinte. Sólo sea porque nos enseñas a vivir.

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