Diario de León
Pedro García Trapiello

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LAPICERO me gusta más que lápiz, palabra guapa, y he vuelto a escribir con él para que el trazo pueda escaparse a los márgenes del folio o a un cartoné vecino donde se pone a burlar caprichos con dibujos de sombras o garabatos de psiquiatra, disparates geométricos, escarabajos, culebrinas, pirámides, espirales y toda esfa fauna de trazos sin sentido que hacemos sin pensar cuando el teléfono nos llena el cesto de murga por la oreja. No corren buenos tiempos para el lapicero; y para la lírica tampoco. Suben las ventas de vinos de crianza y de los discos de ópera porque prestan imagen y pose nueva, mientras que los lapiceros son sólo cosa escolar o de carpintero y quizá herramienta de oficina en la que se siguen haciendo los asientos contables por el método del cuaternario; y también cosa navideña, propaganda al canto, al igual que en estas fechas te regalan mecheros y calendarios de bolsillo (esos que enseñan chicha de silicona o un cerdo del Madrid fornicando a uno del Barsa; algún día habrá de hacerse sociología de nuestros calendarios). Que regalen lapiceros lo agracede la industria del cedro (cuyo fruto es el trocino) y del grafito que va embutido en esa madera. La sangre del lapicero es igual en todo el mundo. Todos los lapiceros escriben con el mismo color, con mayor o menor intensidad, desde el gris liviano de un trazo apenas rozado hasta el negro hendido cuando se aprieta el gesto o cuando se escribe como se ara, que es lo que hace Aquilino apretando cuentas en papel de estraza. El lapicero, pues, es más universal que la cocacola. Hurra. Pero lo que más admira de los lapiceros es la pila de años que se pueden pasar con nosotros. Rebusca en cajones o en ese cazuelillo de mesa que da asilo a toda una fauna de bolígrafos, plumas y artilugios de escribir que jamás usaremos y que se irán a la tumba con su carga enterita. Ahí le espera al lapicero un quinquenio tras otro. Y es que además, aunque lo uses, un lapicero jamás se gasta del todo. Cuando sólo le quedan seis o diez centímetros, se aparca y se busca otro, porque siempre da un no sé qué el tirarlo, y pasa a engordar la chamarilería de ese cajón que todos tenemos y en el que cabe todo lo que aún creemos útil guardándolo por un «porsiacaso» que siempre se queda en un «paranada».

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