La garza gorda
LA CEBRA es suya. Montados en ella, ahí se las dan todas. Ese paso rayado de peatones es un test de la vida y de las gentes, un espejo fiel de los comportamientos de la fauna humana. A quienes cruzan por este paso les asiste todo el derecho, están en su ley. Es suelo sagrado y, si ahí te emburrian un atropello o una costalada, se caga el seguro por las patas arriba. En la selva del tráfico urbano, el peatón es el que lo lleva más crudo. O no; es el único al que no se le exige carnet ni ha tenido que demostrar ante la autoridad un conocimiento de normas y señales, así que a un viandante pedo y trompón nadie le hace soplar ese chiflómetro de los guris que mide el alcohol, aunque pueda también provocar incidentes graves de tránsito o subirse al capó de un camioneto porque lo confundió con la acera. Conducir un cuerpo borracho no es delito. Se les identifica fácilmente porque cuando cruzan una calle jamás lo hacen por un paso de peatones, sino en oblicuo, con eses y por donde caiga, medida que también adopta algún vejete a su bola y con temeridad suicida. Pero el resto, o la mayoría, se piden cebra por montura y atacan el cruce por estos vados protegidos, que vienen a ser como los pasos naturales que eligieron las especies que migran en las llanuras del Serengueti o en las sabanas del Masaimara. Lo mismo que allí, en estos pasos de cebra se ve de todo: elefantes en su mastodóntica parsimonia, avestruces que miran a todos lados con periscopio gacetillero, gacelillas cagaprisas, leones con doscientos kilos de soberbia encima, rinocerontes de tarascada y rebaños de ñus, muchos ñus en su tropel alocado. Elijo una especie para esbozar un apunte urbano, la garza gorda, que entra en su paso de cebra y lo hace advirtiendo furias con una mirada de cuchillo al coche que se aproxima, detente, Abrahám, que pisas mi ley. Cruza a continuación sin dejar de mirar al conductor con cierto desprecio altanero, como regodeando su derecho o temiendo que arranque se repente y la arrolle, ralentiza el paso y prolonga la suerte tardando todo lo que puede. El conductor se exaspera, resopla y cuando está a punto de reiniciar la marcha, otra garza gorda se sube a la cebra. Su lentitud es insolente. Pero, oh maravilla, la ceremoniosa y calmada garza, una vez que llega a la acera vuelve a su andar veloz, no sea que le quiten el escaparate.