LITURGIA DOMINICAL
La otra felicidad
FRAY Cipriano de la Huerga era un monje cisterciense, natural de Laguna de Negrillos. Fue profesor de teología en la Universidad de Alcalá de Henares. Entre sus obras destacan sus Comentarios al Libro de Job. Esas páginas están llenas de sabiduría. El buen monje se pregunta en qué cosas vamos poniendo nuestra dicha. Según él hay dos clases de felicidad. Una de ellas consiste en las cosas externas, como las riquezas, la salud, el poder y el mando. La otra se encuentra en los bienes internos, como el culto a la piedad y el deseo de la santidad. Dice él que la salud y la belleza tienen fecha de caducidad. La fama se pierde unas leguas más allá del propio pueblo. Sus pensamientos sobre el poder harían ruborizar a más de uno. «El ascenso es más lento, pero el descenso es precipitado». De la riqueza dice que «es cosa difícil de encontrar, penosa de guardar y fácil de perder». Y, lo que es peor, con frecuencia es criminal: «Cuanto mayor cantidad de riquezas amontones, más necesario es que quites más y mayores cosas a los otros». Modelos de corrupción Aquella ceguera ante los valores morales no se ha clarificado con el tiempo. Vemos personas que luchan por acaparar bienes. Otras son violentas y agresivas. Muchos intentan vivir instalados o se burlan del dolor ajeno. Vemos que falta compasión en el mundo. La mentira invade los canales de la información. Hay personas que parecen disfrutar sembrando la discordia a su alrededor. Y los que se mantienen fieles a la honradez son perseguidos de forma más o menos encubierta. ¡Ocho caminos de maldad! ¡Y ocho estilos de vida bastante frecuentes! ¿Parece muy sombrío este panorama? Ojalá la observación estuviera deformada y no fuera correcta. Pero a juzgar por los lamentos que se oyen cada día, la situación parece ser esa. Y lo ha sido siempre. Es verdad que también hay personas que piensan, sienten y viven de otra manera. A ésas, precisamente a ésas es a las que Jesús felicita en la página evangélica que hoy se proclama (Mt 5,1-12). Él quería que todos fuéramos de otra manera. Y todos deseamos que aumente el número de los que tratan de superar esos ocho modelos de corrupción. Un corazón sobrio El pregón de las bienaventuranzas termina con una interpelación muy directa, en la que Jesús ofrece la clave de todo el discurso: - «Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa». Esas tres acciones no son demasiado amistosas. El cristiano ha de contar con ellas. Sin embargo, no es un privilegio ser perseguidos por tontos, sino sólo cuando la persecución está motivada por la fidelidad al Señor. Creer que ése es el camino de la felicidad supone una grandeza de ánimo admirable. - «Estad alegres y contentos porque vuestra recompensa será grande en el cielo». Las bienaventuranzas no son una razón más para demostrar que la fe es alienante. Tienen como única razón el cielo. Y el cielo es otro nombre de Dios. La felicidad proclamada por Jesús nos remite a la ultimidad de la existencia, no a los logros intermedios y caducos que nos encandilan y fascinan. - Señor Jesús, cuando nuestro corazón está sobrio, descubrimos en él el anhelo de vivir las bienaventuranzas que tú proclamaste. Ayúdanos a descubrir su profunda sabiduría. Amén.