Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

La novela negra del Ayuntamiento

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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DÍAS PASADOS, ya con los carnavales pidiendo guerra, los ilustres novelistas municipales nos ofrecieron un nuevo capítulo de ese Libro Negro que están escribiendo y sirviendo por fascículos a los contribuyentes. Los cuales, dicho sea en honor a la verdad, tragan episodios con tal fruición que no parecen sino que se les sirve para alimentos de sus hambres intelectuales. Se celebraba uno de los plenos que, según los metereólogos aparecía más cargado de electricidad. En él se pretendía debatir, con o sin acritud (según vinieron los vientos polares, el derecho que los concejales «no adscritos» o sea concejales como de coña pero con más derechos que los de verdad) a percibir dineros «a manta», según los datos que nos llegan, más que el doble de las retribuciones atribuidas al presidente del Gobierno. Y ante esta anomalía naturalmente la armó al personal, con derecho a voto, el cual se dispuso a establecer las barreras legales que pudieran servir para frenar a los adscritos o tránsfugas (que de todo se les llama). Y comenzó lo que se dio en llamar sesión democrática. Y ante las reticencias y acometidas verbales que los señores adscritos recibían por parte de los unos, de los otros y de los de más allá, el capitán que les manda o sea el adalid de los tránsfugas, se lió la manta a la cabeza y además de denunciar lo que estimó como hipocresía de sus contrarios, declaró en tono brillante que como le siguieran tocando los derechos, «desenmascararía desde el jefe al último mono: A usted (no está claro a quien encomendaba la descarga) a Villalba y a Zapatero». El efecto que produjo el breve pero envenenado discurso de Don José María Rodríguez de Francisco fue espantoso. «Yo vengo aquí» insistió Don de Francisco «con plena dignidad democrática de 21 años y desenmascararé cuando quiera a todos». La insistencia al desenmascarar a los unos, a los otros y a los llegados en patera, se debió sin duda a la proximidad de los usos y abusos de los antifaces en el Carnaval. El caso es que como el alcalde Don Mauro, defendió su postura acudiendo a la vigencia del reglamento orgánico y considerando que sus palabras constituían en puridad una fórmula legal para conceder a Don de Francisco y a Doña Covadonga, los derechos y los dineros que demandaban, la santa oposición, dignamente capitaneada por Don Paco Fernández, que fuera en tiempos no lejanos alcalde, cogió la manta y la hamaca y abandonó la sala, dejando a Don Mauro y sus muchachos solos, fanés y descangallados. Fue un momento patético. Y los cronistas gráficos, que están en casi todas, recogieron el momento más doloroso y significativo: Mientras el señor adscrito emitía su mensaje el regidor actual, sin duda desbordado por los acontecimientos, cubría su mirada y parecía hundido en el maremoto municipal. Dicen los tratadistas que el buen político es aquel que consigue tragar sapos y culebras sin perder el «talante». A la vista de la fotografía en la que se recoge el momento municipal y en el cual se le ve a Don Mauro cubriendo la mirada y tragando, hay que admitir que Don Mario es un político de una pieza. Sinceramente, le acompañamos en el sentimiento.

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