Diario de León
Pedro García Trapiello

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DECÍA Simone Weill, nada sospechosa de incendiaria, que hay una palabra a desterrar ya, pero ya, del vocabulario:la palabra nación . Malamente iremos al futuro arrastrando esa pesada bola de presidio mental atada a las pelotas con grilletes (esto sí que es un piercing por la patria). Una nación es su riqueza acumulada. Ni la internacionalidad de religiones y proletariados ni la globalidad de ideas y mercados derribarán la muralla nacional que sigue elevándose o inventándose (Ibarreche, ¿capichi?). La nación es lo que queda a políticos y castas sacerdotales para inflar discursos con humo de incienso que droga al pueblo, humo de mirra que atosiga el adversario y humo de azufre para apestar al enemigo, al extranjero, a la cultura diferente y a los otros dioses. Así que la buena de Simone, desde su juicio sabio de filósofa sin alharacas, desde su memoria de campo de concentración, desde el resabio de la política y presidenta del parlamento europeo, lidiadora de estados y murallas... la buena de Simone, digo, ha dicho su gran verdad en el peor momento, predica en un desierto de ideas, en este lío mundial de crecimiento y estirón, desasosiego típico que vuelve tolili y repelente al adolescente. Simone Weill comprueba desolada que ya hay algo más veloz que el pensamiento, el dinero, corre que se las pela el muy zorrón; y como está a la vez en todos los lugares del mundo donde haya sucursal u ordenata, ocurre que amén de omnipotente es omnipresente, y aunque el dinero crudo, el billete de palpar, esté en una cámara acorazada de Zurich como lo está Cristo en una custodia de Toledo, eso no impide creer que Dios está en todo lugar y el dinero mucho más, pues metes un poco en sucursal de barrio y al instante vuela a la bolsa de Tokio o lo llevan a comprar una fábrica de antibióticos a unos pardillos de provincia en la república de Tontilandia. Ahora sólo hay que hacer cuentas entre los dos dioses para ver quién tiene más catedrales o basílicas bancarias. Eso demostrará quién corre más. ¿Hay duda? Querida Simone, no te escucharán. Cuando están sobre sus cuentas no oyen. Y aquí un profeta dice que lo que más teme el dinero es dividirse o compartirse. O sea, que si quieres arroz, Catalina. El que tiene un peso quiere tener dos... Y el que tiene una frontera busca otras tres y a tortas las guarda.

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