Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

La guerra española de la religión

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VICTORIANO CRÉMER
León

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YA NO CABE DUDARLO, ni mucho menos esperar que los ímpetus belicosos de los unos y de los otros se calmen: España, esta España nuestra, tan heroica y conciliadora, salvo en Trento y con motivo de las bodas entre homosexuales, está en guerra con Roma. O sea como cuando Escipión El Africano. Inmediatamente, al modo como se aconsejaba que se hiciera cuando lo de Franco, corrimos a la parroquia y con la voz alterada solicitamos protección al párroco. Exhibimos nuestra partida de nacimiento legalizada y nuestro cumplimiento como buen cristiano de los sacramentos base: bautismo y confirmación. Y explicamos que nosotros no teníamos nada que ver con la que se estaba armando. Afortunadamente el buen cura nos alentó para que siguiéramos fieles a los mandamientos y que ni robara ni deseara la mujer de ningún prójimo. Y una vez que se lo prometimos, nos dijo amablemente, como un padre que se despide del hijo llamado a filas para Marruecos: «Que el Señor te acompañe». Y es o era lo que yo iba diciéndome, de camino hacia el lugar donde vivaquea la tribu: ¿Pero quién me mete a mí en asuntos tan complicados como estos de los matrimonios de los gays y de las fans de Lesbos? Pienso, con muchísimo respeto, que cada ciudadano perteneciente a una sociedad más bien civilizada, libre y democrática, tiene derechos reconocidos, para leer El Quijote o «El Astrágalo» de Albertine Sarrazin y nadie tiene poderes para obligarle a ser un varón como los de antes o un gay como los de ahora. ¿A qué viene esa escandalera de la condenación de los unos porque no son como los otros? ¿Y cómo entienden algunos señores con mando sus prerrogativas para negarse al cumplimiento de la ley y no accedan a unir en matrimonio civil a dos caballeros con espuelas? ¿Acaso el Catecismo del Padre Astete dice algo en sus sagradas páginas al respecto? ¿El marica comete algún pecado gordo contra la santa Madre Iglesia por estampar un ósculo fraterno en las proximidades del bigote de su compañero? ¿No es más cierto que de vez en cuando saltan noticias escabrosas sobre el comportamiento de clérigos intemperantes y no se dictan leyes para su esterilización? ¿Es que no se puede ser estupenda lesbiana y adorar a San Teomilde de Capadocia? ¿En qué mundo piensan que debiéramos vivir?... Y aquí cesen mis preguntas, esperando con humildad las respuestas convenientes a fin de que esta guerra en la que estamos metidos se zanje con más suerte que la paz de Versalles. Y me alegro no ser concejal, ni nada, porque si lo fuera me vería obligado al incumplimiento de la ley que favorece las relaciones sentimentales de unos y otros. Y además no podría ser alcalde y alegar que no ejercía como casamentero entre seres del mismo género, por razones de conciencia. ¡Coño! Cada vez que se menciona la dichosa conciencia perdemos una oportunidad de ganar la gloria y de ganar salud. Cuando el día 24 -creo que fue por esas fechas- el señor alcalde de León y de sus villas, le discutió al representante del Cabildo isidoriano su derecho a entender la entrega del cirio, del pan y de los peces como una oferta de gratitud por habernos dado lluvia y patatas, debió haber sustanciado en aquel punto y hora de «Las Cabezadas», los derechos que el ser humano tiene para entenderse con la bella Charito o con el gallardo teniente de bomberos, sin que ello sea motivo de otra guerra.

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