Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Sobre los gatos príncipes

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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LO VERDADERAMENTE SORPRENDENTE de la vida de cada cual es que nunca sabes de qué lado te va a soplar el viento ni a quien te vas a encontrar en la calle. Este misterio es sin duda uno de los alicientes de nuestra precaria biografía y tal vez el motivo para no levantarse del dulce y acogedor lecho en el cual recobramos fuerzas e ilusiones. Porque el ser humano, sobre todo el hombre de nuestra hora precisa, no gana para sorpresas. Cuando la que le asalta en el camino llega cargada de buenos presagios todavía la acogemos con generosidad, pero, si como es costumbre, lo que se nos echa encima llega cargado de tenebrosidades entonces ¡ay! no consigue iluminar nuestra vida ni el iluminador ayuntamiento, lanzado a romper las tradicionales nieblas de nuestro contorno urbano. Hemos coloreado los monumentos más emblemáticos, de tales gamas de color que no les conocería ni el padre que les engendrara, pero seguramente, siguiendo este línea de encubrir las sombras de la ciudad para proporcionarnos los gozos de lo puro, el municipio consiga iluminar nuestros adentros, quiero decir nuestro vivir de cada día. Claro es que hay sorpresas que sin estar preñadas de amenazas no acaban de parecernos soportables, sobre todo cuando en ellas se arrastran referencias que muy bien pudieran parecer atribuciones ajenas de las cuales la mala fortuna de cada uno ha colocado como propias de nuestro ingenio. Palabras, ideas y sentencias que no nos corresponden. Y a ello voy para poner las cosas en su punto exacto: y es que en el periódico del pasado sábado, día 21 de este agitado mes de mayo, en un rincón o ala externa aparece un extenso y luminoso comentario, titulado «Los gatos príncipes», que se me atribuye, dado que aparece precisamente al pie del título que ampara mis escritos. Y no, señoras y señores que posiblemente me pueden estar leyendo, no: yo no soy el autor de dicho magnífico escrito, enderezado a exponer el juicio que al verdadero autor le merece un libro del poeta Antonio de Villena. Pese a que soy frecuentemente víctima de la ligereza, de la presa o de la improvisación, rara vez me lamento de ello y confío siempre en que el inteligente lector sabrá corregir sobre la marcha y enmendar los gazapos que hayan podido internarse en la espesura de mi prosa. Declaro, pues, solemnemente, con la mano extendido sobre el segundo tomo de El Ingenioso Hidaldo Don Quijote de la Mancha, que yo no escribí el mentado comentario sobre «Los gatos príncipes» y que por tanto no me siento obligado a solicitar perdón por lo que se pudiera considerar atribución alevosa, equivalente a hurto literario. La aparición de este texto definitivamente constituyó una sorpresa de difícil digestión y me lamento de ello. Pero la culpa no es mía ni mucho menos. En España se copia mucho, se imita demasiado, se plagia sin el menor decoro ni recato y muchas de las páginas más brillantes de algunos de los más afamados ingenios de la Corte se deben a escritores anónimos a profesionales pobres de la pluma que han de acogerse a la tutela de algún señor o señora (porque las mujeres metidas a escritoras también plagian) para seguir viviendo. No se olvide que esta situación menesterosa del escritor ha sido en España medio obligado de los grandes monumentos literarios, para que el autor real pudiera alcanzar el lugar celeste de los santos. O de los ángeles. En el caso que me apresuro a esclarecer la situación es clara: «Yo no he escrito el magnífico comentario titulado «Los gastos príncipes». Y lo siento, porque me hubiera gustado haberlo escrito.

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