Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Los pobres del mundo

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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EN LEÓN, dígase lo que se quiera, todavía no somos pobres. Según las últimas estadísticas que nos llegan de la Seguridad Social, para pobres en Nicaragua, en Perú, en Honduras, en Ecuador, o sitios así de pobres, pero en León, dicen los que andan en estas cuestiones tan espinosas como son la pobreza y la inmigración, todavía no somos lo suficientemente pobres para que los países ricos, que también los hay, acudan en una de sus reuniones para el examen del estado de las cuentas, en nuestro socorro. Somos pobres pero honrados. Y lo bueno o lo malo de ser pobres o no parecerlo, que es lo nuestro, es que podemos llegar, con aplicación y buena conducta, a ricos. Reunidos en cualquiera de sus posesiones en el universo mundo, los siete o los ocho grandes ricos de la tierra y en un gesto de generosidad que consiguió conmover los pequeños corazoncitos de los pobres, tomaron el acuerdo de liberar o condonar o perdonar la parte de la deuda a aquellos países pobres que no puedan con la carga. Como somos muchos más los pobres que los ricos, el reparto de la caridad resultó trabajoso, pero creemos que al fin se tomó el acuerdo posible, dentro de «lo que cabe». Y efectivamente, pueblos para nosotros tan entrañables como Bolivia, de donde nos viene el crudo y el blando para la buena marcha de nuestros automóviles y en la actualidad a punto de echarse de nuevo a la calle de ciudades tan emblemáticas como La Paz, Sucre o nombres así de necesitados. Y si lo tenemos a bien, tierras regadas con la sangre de nuestros emigrantes, como Argentina, Perú, Chile, Nicaragua, Ecuador, etcétera, etcétera, hasta agotar el centro de pueblos americanos convertidos en almacenes de frutas y de productos industriales para el uso de la gran potencia en guerra. O sea, el único país verdaderamente rico y con posesiones en donde parezca lo mejor tenerlas, de todo el mapamundi. Los familiares de aquellos que salieron de su tierra de origen con la maleta atada con una cuerda y con un puñadillo de reales atados en la punta del pañuelo, dispuestos a conquistar de nuevo América, regresan ahora a España, a la pobre y amada España, acogidos como peregrinantes. Y acaso, quien sabe, porque hay creyenceros y amigos del romance, recitando entre dientes aquello que decía nada menos que El Cid Campeador, a la puerta de San Pedro de Cárdena: «Salí de ti pueblo mío/ desterrado de mi tierra/ pero hoy vuelvo a visitarte/ acogido en las ajenas.../ Ved que aquí os traigo ganados/ otro reino y cien fronteras/ que os quiero dar tierras mías/ aunque me echéis de las vuestras...» De cualquier manera, gracias, muchas gracias, todas las gracias que sea menester depositar a vuestros pies, pueblos ricos, para que al menos no nos esquilméis hasta no dejarnos ni raíces para nuestras hambres. Y no nos sintamos obligados e injuriados de tal manera que a la hora de conceder nuestro voto pobre para la glorificación y provecho de los ricos, o en vías de serlo, resulte obligado repetimos, decidir para satisfacción al menos de nuestro orgullo de casta: «¡Señor, búsquese usted otro pobre. Que en mis hambres mando yo!» Apagó el velón y se quedó dormido. Y es que estos pobres son de un orgullo insoportable.

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