CRÉMER CONTRA CRÉMER
El rey del pop declarado inocente
COMO TODOS ustedes saben, sin duda mucho mejor que yo, que escribo de oreja, el tal señor Jackson, Rey del «Pop», es inocente. Un jurado compuesto por ocho señores con toda la barba y cuatro mujeres sin pelo en la lengua, al cabo de días y días de escuchar los informes acusatorios y de la defensa, alcanzaron consenso jurídico y el Tribunal declaró que aquel muchachito, en blanco y negro, tan frágil y con unos ojos grandes y como de lince asustado, es inocente de toda inocencia del crimen del que se le acusaba: el de presunto abuso sexual de un menor. Como se supone que todos cuantos han intervenido en la novelería del negrito que tenía el alma blanca, escribirán su historia para sacarle provecho al asunto, nos limitaremos nosotros a indicar que ya es raro rarísimo que en la América democrática de Bush y Compañía, para ser declarado inocente de la culpa, de la estafa o de un crimen sentimental haya que prevenirse sobre todo, no de la razón probada, sino del dinero suficiente para conseguir la intervención favorable de uno de esos abogados de película, que nunca se sabe cómo lo hacen pero que al final de la jornada, terminan por llevarse el gato al agua y el acusado más inocente que un cachorro de leona. Como se sabe, generalmente la Justicia casi siempre se inclina hacia quien dispone de dineros y de influencias suficientes como para inducir a la duda a los más perspicaces abogados del mundo. Que ya aquel sabio manchego conocido por El Caballero de la Triste Figura, adelantó a su buen escudero Sancho, elevado a la categoría de gobernante de la ínsula, diciéndole: «No te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida con los ignorantes que presumen de agudos y hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia que las informaciones de los ricos». Y en reflexiones muy cristianas andábamos nosotros, cuando llegaron a lo notorio, aquello del matrimonio de los gays o mariquitas de algodón y seda y la nueva manifestación que se anuncia para oponerse al acuerdo de la ley que pueda permitirles convertir su coyunda, amistad entrañable o compañerismo eterno, en matrimonio legal, porque el matrimonio, me dice el Transi, que iba para cura y se quedó a medio camino, es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios, o cosa así de teológica. Y aquí tenemos de nuevo a España partida por razón en dos: La de aquellos que contemplan el espectáculo desde la barrera, dejando en manos de la ley lo que mejor convenga y la de los «otros» (siempre en España hay «otros» de los que fuere) para los que la unión oficial de los unos con los otros, como las de las otras con las de más allá, les tiene tan sin cuidado como las comedias de enredo. Naturalmente nosotros ni quitamos ni ponemos rey, y hasta ni siquiera pretendemos ayudar a nuestro señor, quizá para evitar maledicencias, pero se nos ocurre proponer a los capianes de esta nueva movilización anunciada, que quizá o más conveniente para la salud del cuerpo social y para el mejor entendimiento entre todos sería que concediéramos a nuestros prójimos la misma libertad que desearíamos para nosotros mismos y que volviéramos sobre aquella consigna verdaderamente democrática que decía: Que mi libertad no invada la libertad del prójimo. Amén.