Diario de León

El coloso y la pluma

Sensibilidad para ser fuerte y esfuerzo para lograr plasticidad: el lanzador leonés Manuel Martínez y la gimnasta Almudena Cid niegan los tópicos y los estereotipos

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Leontxo García - almería
León

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Ambos engañan. Ella parece de porcelana, pero sólo una fiera de la competición con la cabeza muy dura puede ganar el oro en gimnasia rítmica a la muy avanzada edad de 25 años, como hizo el sábado en los Juegos Olímpicos del Mediterráneo. Él, un as mundial del lanzamiento de peso a los 30, plata en Almería, recuerda a Maciste El Coloso, pero es un artista hipersensible. Lo que une a Almudena Cid y Manolo Martínez es la pasión por el deporte de verdad. Almudena tenía sólo siete años cuando un gimnasio de Vitoria era su segunda casa. A los 14 ya estaba concentrada con la selección en Madrid: ocho horas diarias de entrenamiento, seis días a la semana, lejos de la familia. Hoy es la única del mundo que ha disputado tres finales olímpicas, y también es la más vieja de la élite. Pero ahí sigue: «Mi motor es la ilusión, el esfuerzo y el sacrificio por algo que me gusta. Eso no lo veo en muchos jóvenes, incapaces de sacrificarse por algo. No he ido nunca a un concierto y es raro que salga de marcha; lo haré cuando me retire. Pero ellos no vivirán nunca todo lo que yo he vivido». En eso último, Manolo es muy diferente. A pesar de un palmarés muy brillante, ha habido momentos en los que se esperaba de él una medalla que no logró: «No es lo mismo lanzar sólo, en tu pista cotidiana, cuando tú quieres y cuantas veces quieras, que hacerlo ante mucha gente en condiciones a veces muy desfavorables. Quien diga que lanza igual en un entrenamiento y en la alta competición, o miente o no se entrena a tope». Y por si quedan dudas, lo compara con su pasión por la escultura: «Lo primero que hice fue un busto, y mi profesora no podía creerlo porque eso es de segundo curso y yo ni siquiera había estudiado el primero. Me salió de forma natural. Para mí es mucho más fácil crear arte con mis manos que lanzar bien la bola». Resulta fascinante escucharle cuando explica la sutilidad que se requiere para pasar de gran lanzador a estar entre los mejores del mundo: «Todo consiste en aprovechar al máximo la cadena cinética. Cada músculo genera una fuerza, y todas las líneas de energía deben empujar el centro de gravedad de la bola en la misma dirección. Entonces, el lanzamiento es perfecto». Este año, su entrenamiento de cara al Mundial de Helsinki es arriesgado: «Hemos metido mucha carga física hasta ahora, y en ese sentido me encuentro muy bien. La bola de siete kilos no me pesa, y mi cuerpo, de 120, tampoco. Tengo mucha fuerza y velocidad pero mi técnica se ha desajustado. Si todo va según lo previsto, cualquier día de las próximas semanas daré con ese punto que permite coordinar los músculos en la misma dirección: entonces llegaré a Helsinki con marcas buenísimas». «Me resulta muy difícil imaginar una relación sentimental duradera con alguien ajeno a la gimnasia», aseguraba Almudena hace cuatro años. Ahora ha ampliado su círculo: «Mi pareja actual no es gimnasta, aunque sí deportista, lo que le permite comprender que hay días en los que es mejor dejarme sola y esperar que pase la tormenta», explica. Manolo discrepa: «Cada persona es un mundo, y más en lo sentimental. Mi pareja tiene una relación indirecta con el deporte, pero creo que aunque no la tuviera podría comprender las peculiaridades de un deportista de élite». Y deja una duda en el aire: «Qué dirá mi mujer cuando vea estas fotos mías, agarrando a Almudena».

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