CORNADA DE LOBO
Un pastor
UN PASTOR sin nombre, como tantos pastores lo fueron, se hizo el sábado carne morena de bronce y se plantó a la entrada de Robledo de Caldas para aquedar y aguardar la venida del reino perdido y la resurrección de los rebaños, que ahora están de lana caída y apuntalados con esas subvenciones tramperas que son pasto para hoy y esquileo esquilmado para mañana. Ha estado bien esta honra tardía, pero inexcusable, a quien se ha pasado los días arreando cuestas y las noches royendo resignaciones en la soledad maquinada de un chozo, allí donde la intemperie es salud y cuchillada, allí donde el silencio cósmico es bóveda de dormitorio y se cuela en los secretos del cerebro levantando cavilaciones y amotinando pensamientos, que por eso casi todos los pastores son unos filósofos mudos. Y cuando las vírgenes quieren aparecerse, eligen un pastor, cuyas noches nunca son de silencio total, pues hay tintineo de esquilas de la modorra que no encuentra postura, toses de ovejas si duermen careadas contra la peña y hace relente (las ovejas tosen exactamente igual que los paisanos) y el reburdiar de los perros si aventan intrusos de oreja tiesa. Duerme el pastor, si le dejan, bajo el gorro de escobas que cubre el chozo, bajo llatas de choza junto al aprisco o quizá en casa humilde con corral o majada donde, si casó, crecen con sus sueños pobres dos o tres hijos por los que desuella el pellejo para que salgan de allí a estudiar y encuentren otros oficios que no sean esa desgracia de requemarse con los soles más limpios del puerto, con los vientos segados de la paramera, la borina reumática que resbala por las tardes desde peña Ouvina de Babia o la inclemencia del zurrón, que es merienda de anacoreta. Hay dos pastores: el que nació zagal y jornalero acogiéndose a la ley de la «escusa» (hato de veinte o treinta ovejas que el amo ha de permitir que meta en su rebaño) y acaba prosperando, estableciendo su señorío y otros horizontes; y está el pastor que sólo quiere jornal y campo libre, rumiar montañas, independecia y huída (ser esclavo es lo mejor; todos los problemas son del amo, dice Cándido). Los dos están resumidos en la escultura de primor realista que modeló y donó Isabel Pérez Gago, hija del pueblo y de la sonrisa del arte afable. Con ese pastor allí nunca faltarán rebaños.