Me cuestan
SE ADMIRAN algunos, o se rechuflan con sobrada razón, al ver mi nombre pegado al culo de tanto festejo, celebración (evento, según vomitiva palabra de moda), semanas culturales, ferias, exaltaciones o atardeceres, en condición de pregonero, mantendor, charlista, cantamañanas, conferenciante, animador o florero. Cierto es. Como un cornetero o alguacilillo me veo a veces. Podría decirse que a estas alturas de la verbena provinciana tengo el culo pelado de ir a bodas culturales y festejos con autoridades y charangas, con reinas mariguindis y concejalonas en toda su canal; como un mandril de pelado; licenciado en peladuras me titularé. El que mete la rechufla con rebaba o envidieja hace coñas por verme junto a tanta campana, y no porque sea solicitado en tantas selvas, sino porque «te estarás forrando, cabronazo». El dinero es al final lo único que importa o que cabrea. Y entonces tengo que explicar que no, que en la inmensísima mayoría de estos saraos de perdición festiva ni siquiera te aforan la gasofa o te alivian el gasto, de manera que todas estas pregonadas no sólo no las pagan, sino que me cuestan, aunque son trabajo, noche blanca trenzando líneas, día de autos perdido para otra cosa, lotería de castañazo en largos desplazamientos y cierta violencia moral porque esperan, además, que no digas lo que piensas, sino lo que quieren oir convirtiendo su cutrez en grandeza, mermelada de adjetivos y viva este pueblo, al que en otro caso habría que poner de chupa de dómine por tanta vergüenza como enseña. Y me amuela la pregonada. «Te entregas demasiado», suele decirme Crémer con sanísimo y escarmentado juicio. Y qué le vas a hacer, Victoriano; no dije no la primera vez y después has de repetir como los ajos, por lo barato. Y no te pagan. Quizá entiendan que te están haciendo favor u honor y que con ello vas sobrado. A veces, además, te obligan a cenar para animarles su tristeza y aridez, así que la cosa es sopa boba y enfurece el doble. Otras, te regalan una placa tremenda con tu nombre en rococó, de manera que lo que tú trabajas se lo lleva por el morro un tendero de la localidad. Tengo una colección de horrores de verdadero espanto. Y anécdotas para preñar medio libro. He de consultar si tanto caro chuleo me desgravaría.