Diario de León
Publicado por
XOSÉ LUIS BARREIRO RIVAS
León

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LO QUE está sucediendo en Alemania es completamente normal. El empate entre Ángela Merkel y Gerhard Schröder no hace más que reflejar la enorme confusión que se vive en el país. Y por eso es lógico que los resultados impongan un período de reflexión antes de poner proa hacia un destino que no está decidido. La mitad de los alemanes cree que su país necesita reformas estructurales que garanticen la competitividad y el crecimiento, aunque sea a costa de aumentar el paro y restringir Estado de bienestar. Y para eso votaron a los cristiano-demócratas del CDU-CSU y a los liberales de la FDP. Y la otra mitad cree que las reformas hay que hacerlas con cautela, sin poner en cuestión las conquistas sociales alcanzadas. Y para eso votaron al SPD de Schröder y a los Verdes de Joschka Fischer. Y si hay empate técnico entre ambas coaliciones es porque la cuestión no está suficientemente debatida, porque los ciudadanos y los partidos siempre retrasan los diagnósticos comprometidos, y porque todavía hay mucha gente que no sabe que las reglas del mundo han cambiado y que ya no se puede vivir encerrados en un solo país. La estupefacción también forma parte de la política. Porque la crisis no es sinónimo de equivocación o de mal gobierno, sino de ruptura de las inercias que estabilizan una sociedad en sus hábitos y creencias. Por eso hay que saber que, por bueno que sea un sistema democrático, y por culto que sea el electorado, nadie puede evitar que un debate mal planteado e inconcluso sea resuelto con una votación. Desde que entró en vigor la Ley Fundamental de Bonn, hace 56 años, la historia de la RFA y de la Alemania unida sólo produjo una mayoría absoluta, cuando la idea de «no hacer experimentos» unió al electorado en torno a Adenauer. Pero aquella mayoría, que pegó al canciller a su silla como si fuese una lapa, produjo efectos muy negativos. Y la gran coalición de 1966, que sólo sirvió para cortar amarras con Adenauer, acabó fragmentando y radicalizando al electorado. Por eso creo que, recordando el slogan de Adenauer, es mejor no hacer experimentos forzados por un temor irracional a la crisis. Dejemos que hagan sus debates, que alcancen conclusiones y que acudan de nuevo a las urnas. Verán entonces cómo al pueblo alemán tampoco le gustan los empates.

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