CRÉMER CONTRA CRÉMER
Barcelona es bona
CATALUÑA ES BONA, suene o no la bolsa, que es cuando la bolsa sona. Y si decimos esto, desde el interior más interior de la Península Ibérica, es porque, aparte tiquis miquis políticos, que casi siempre arrastran un interés no declarado a Hacienda, es porque, aunque parezca raro, el que suscribe tuvo ocasión de comprobar directamente cuáles eran las razones que me instaban a declarar esta declaración de fe. Cataluña, dígase lo que se quiera, resulta para el indígena de los interiores, infinitamente más protectora, más generosa, sí que también más exigente que la mayor parte de las otras provincias de España. Allí fui a caer en uno de esos hechos históricos que a todo español comprometen, y declaro que fui acogido como un vecino de la grandísima ciudad. Y mi compromiso laboral fue tan abierto y firme como si hubiéramos firmado un contrato de trabajo para una actividad compartida. En Barcelona, concretamente fui requerido para regentar un taller gráfico y el empresario, desde el primer momento, se esforzó en hacerme la vida posible y apetecible. Como aquel caballero manchego de la triste figura que entendió que Barcelona era el compendio de la cortesía, yo también proclamo que efectivamente vivir en Cataluña bien vale un rosario a San Cugat, si es que existe. Y en Girona fundó familia y patrimonio un personaje leonés, procedente de un pueblecito escondido de Sahagún, Eleuterio Paniagua, que fue además de político con garra y sentido común, pintor de mucha valía. Desconocido en su tierra natal naturalmente. Por no se sabe bien qué contrariedades históricas o enfrentamientos políticos, Cataluña llegó a pensar que como en ella se daban condiciones muy singulares que la convertían en zona privilegiada, bien merecía la pena, intentar una operación de cirugía política, que consistía en separarse de la comunidad hispánica. Y fue sin duda este sentimiento de divorcio nacional lo que colocó a los restantes capítulos del libro de las Españas en posición semi beligerante. Ahora andamos en uno de los trancos más enconados de esta disparidad de entendimientos patrios. Porque no se olvide que Cataluña, será España hasta que la muerte nos separe. La muerte no la posición agria e insolidaria de algunos o de muchos de los españoles, cristianos viejos y fieles a los principios o de muchos de los españoles, cristianos viejos y fieles a los principios de la centralidad, por las buenas o por las malas. No son buenos los vientos que corren por nuestros territorios y en lugar de ensayar frases y enconar viejos resentimientos, los gobernantes que nos tutelan y azuzan debieran buscar y encontrar la solución a una situación que puede acabar en tragedia. Los catalanes que representan en los organismos oficiales el talante y el sentido común que caracteriza a la raza, han aprobado el Estatut con las modificaciones y aplicaciones que a los ilustres padres de la pátria, con algunas excepciones, les ha parecido el que mejor acoge el destino de Cataluña. Núcleos importantes de la gran comunidad hispana tildan al nuevo texto, aprobado con algazara, como inconstituyente, es decir, contrario a la Carta Magna por la que los españoles hemos jurado regirnos. Este documento, tan sensible a todos los análisis, tendrá que ser aprobado por las Cortes de la nación. Porque nación, señores de la sala, en España no hay más que una.