CRÉMER CONTRA CRÉMER
Los pandilleros
CREO QUE NO HARÁ FALTA asegurar que nos están invadiendo, por el Norte, por el Sur, por el Este y por el Oeste. Cuando no son los marinos de agua dulce que nos asaltan por las costas, abandonando en ellas a centenares de fugitivos del hambre, dicen que empujados y hasta en cierto modo protegidos por los moros de la morería, son los subsaharianos, que nunca se sabe de dónde proceden, pues no se les distingue ni por el color ni por el sabor ni por el etcétera, son los especialmente protegidos de los amados vecinos del Marruecos en vías de desarrollo democrático; o vienen desde Gibraltar, donde viven y reinan, además de los monos graciosos, los ingleses de los submarinos nucleares. Y por si esto no fuera bastante, se nos descuelgan del cielo, los rusos, los rumanos, los búlgaros y los polacos, entre las distintas razas viajeras de los que con la disculpa de hacer el Camino de Santiago para ganar el Jubileo, se quedan en casa. Finalmente, porque tampoco es para hacer el censo de nuestros ocupantes, vinieron a las tierras de la Madre Patria, España, los ecuatorianos, los peruanos, los bolivianos, los nicaragüenses, y demás amadas gentes de nuestra sangre civilizadora, que se descuelgan solicitando en lengua castellana, hospedaje, cama y un puesto a la lumbre. Y la Península Ibérica, poco a poco, despacio, sin prisa pero sin pausa, que dijo el filósofo, van llegando, llegando, llegando. Y acaban estableciéndose en las pacíficas, honestísimas y desgobernadas ciudades de España, hasta formar núcleos numerosísimos de extranjeros con derecho a cuidados de la Seguridad Social, a mantas y cama bajo techo, de la Cruz Roja, y comida caliente de la intendencia militar... Se supone, se sospecha, que este crudo azar terminará cuando España sea marroquí, o Tanzania, o ecuatoriana. Entonces, ya veremos lo que se puede hacer y quien estará en condiciones de hacerlo. Mientras, nuestros ingenieros castrenses levantan vallas para que los ágiles salteadores se entrenen, para conseguir ser fichados por el Madrid, por ejemplo, y los más torpes deportivamente hablando, dado que no tienen la menor posibilidad de ser galácticos, como Roberto Carlos o como Baptista, y en vista de lo cual, para cubrir el capítulo de necesidades que algunos españoles lo consiguen trabajando, los aventureros se constituyen en pandillas, con título y leyes propias, y acaban por ser referencia policial por sus manejos, sus broncas y sus arreglos de cuenta. Esto es lo que hay. Y enfrente el benéfico gobierno de todos los españoles, incluyendo Cataluña y el País Vasco y Galicia y el piadoso pueblo andaluz, que todas las primaveras/ anda pidiendo escaleras/ para llevar su cruz, pone en línea de combate solidario a los salteadores, concediéndoles así, atención sanitaria, comida y mantas. En tanto y en cuando los tales y cuales beneficiados de las ONG's, se acuchillan por las calles de Madrid, de Burgos o de La Rioja. Y así que fuera demostrado que la construcción de vallas con pinchos no impedía la penetración de la península de miles de desesperados y que los pandilleros imponen la ley de la navaja y de la droga en donde pueden, los señores gobernantes, a cuya protección estamos encomendados, intentan arreglar el lío, elevando una tercera valla y concediendo acogida de lo más altruista a los pandilleros. Y no es ni por enmendar la plana a quienes tienen autoridad para imponer orden y seguridad, ni porque estos hambreados hispanohablantes sean perseguidos hasta la extinción de la especie. Es que al paso que llevamos, acabaremos en mozárabes.