Diario de León
Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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HA MUERTO Leopoldo Urrutia De Luis. El poeta de «Hijo del Alba», o si os parece mejor «Alba del Hijo». Le habían nacido en Córdoba, tierra oscura y penetrante, tierra de matadores y de victimarios. Fue renaciéndose en Valladolid que ya es tierra de nuestras evidencias. Y a continuación, porque la España es larga y fecunda, tierra que no se acaba, en Madrid rompeolas de tierra de moros y cristianos. Se llamaba Leopoldo de Luis, sencillamente, y le tocó, como a tantos como no acertaron con la ruta o las circunstancias torcieron sus caminos, estar de cuerpo y de corazón presente en la triste lista de los que perdieron la guerra. Sí, la nuestra, la de los miles de muertos mal enterrados. Y, por muchos Jordanes que se produzcan en los manantiales de la patria, nunca se llenarán los embalses de santísimas lágrimas como se derramaron en España. Leopoldo de Luis cayó en la amargura de la poesía en llamas y correspondió a su cita con el alma en la mano: Guerreó donde le llevaron sus penas y sus convicciones y sufrió cárceles y análisis en profundidad. Escribió libros importantes y dejó testimonio de honestidad y de sabiduría. Se murió cuando ya lo tenía todo dicho en más de treinta libros, de poesía, de crítica y de resúmenes de humanidad doliente. Y en su última orilla, cuando es obligado abandonar los viejos vestidos a la orilla de los ríos fraternos, se dejó morir. Y su desaparición me duele tan profundamente que no se cómo compensarme por tan grave pérdida. Porque habíamos quedado los dos, muy seriamente, en que nos esperaríamos el uno al otro, cuando decidiéramos cerrar el libro final. Y no lo pudo cumplir. Se me ha muerto el amigo, el compañero del alma, precisamente cuando nos sentíamos más cercanos, más seguros de nuestras verdades, más dispuestos para la afirmación humana de una sociedad que parecía dispuesta a enmendar sus muchos errores. Nos encontrábamos con alguna frecuencia en andaduras líricas, durante las cuales se nos exigía que rompiéramos el velo de la poesía para descubrir lo que de verdad encierra cuando la poesía es. Y aprovechamos estos fugaces contactos para recitar versos hondos y oscuros, versos para los vivos y para los muertos. Nos consideraban poetas sociales y lo éramos en el sentido de que formábamos parte de una sociedad de hombres y nos parecía un fraude dedicar nuestras fuerzas, nuestro sudor, nuestra sangre, en lirismos de monje. Se me ha adelantado a una muerte pactada y me siento ya absolutamente solo. Solo, en un mundo que continúa no siendo el nuestro. Un mundo, una patria dolorosamente sentida y llorada. Porque¿ Hay una patria de esperanza y sombra donde amanece el hombre día a día tierras aradas en silencio, campos que en soledad siguen soñando vida. Son tus versos. Es tu patria, la nuestra; seguiremos siendo nosotros hasta después de la muerte. Porque hombres tan enteros, tan ejemplares como tú nunca mueren. Lo siento amigo, compañero.

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