Responsabilidades perdidas
Por cuarta vez consecutiva un vehículo se empotró en la casa de Goya, de casi 90 años, situada en Trobajo del Camino. Le gustaría que señalizaran la zona, pero no se atreve a solicitarlo
«Me levanté y comprobé con horror que el muro del jardín se había desmoronado», lamentaba ayer Goya Gregorio González. «Siempre igual, bajan como locos... un día me va a pasar algo». Es la cuarta o quinta vez que un vehículo se empotra contra la valla de esta vecina de Trobajo, que nació en Valverde allá por el año 1918. A sus 88 años de edad se resigna cada vez que su valla se derrumba. No se atreve a ir al Ayuntamiento para pedir una solución porque cree que no la van a hacer caso, aunque la policía está al corriente de ello. Siempre ha corrido con los gastos del arreglo, a pesar de la falta de posibles, pues sólo cobra una precaria pensión de viudedad. Lucidez y congruencia para explicar que siempre ocurre de noche, al abrigo de la oscuridad. No tiene hijos, pero no la faltan sobrinos que la ayudan a pasar estos malos tragos en compañía. Las noches para Goya son más largas desde que un desaprensivo abrió un boquete en su pequeña trinchera y huyó. La asiduidad con la que se repite este percance la obligó hace tiempo a asegurar la casa, porque «este tipo de chapuzas son carísimas», esta vez quiere que lo pongan muy resistente, «para que no puedan tirarlo», reía ayer contenta mientras el perito realizaba las medidas pertinentes. La huida inmediata y la hora intempestiva posibilitaron que el autor se zafara de la responsabilidad, los años y la compañía de la radio hicieron el resto. Goya es una mujer alegre, con sentido del humor, rebosa bondad y cada rincón de su casa está repleto de recuerdos, de fotos del pasado, de historias amargas cargadas de sal. Enviudó hace muchos, muchísimos años, pero no recuerda la fecha, a pesar del dolor que delata su mirada. Su marido trabajaba en una obra y una bóveda, ironía del destino, se desmoronó acabando con su vida. Pero Goya no pierde la sonrisa, amable y cariñosa, asume que ésta no va a ser la última vez que invaden su pequeño mundo. El invierno aprieta y ulula el viento en las esquinas, una toquilla sobre sus hombros y unos ojos cargados de la sabiduría que aportan los años señalan un hermoso laurel entre los escombros, verde y robusto: «Por poco me lo tiran, lleva tantos años conmigo...» Goya solea sus huesos en la puerta, entre los recuerdos de un patio antaño engalanado de flores y vagas risas infantiles. Su infinita mirada queda suspendida como las hojas que el otoño mece. La soledad se sienta cada día en su mesa y también, algún día, todos tendremos que llamarla compañera...