Diario de León
Pedro García Trapiello

Creado:

Actualizado:

HABLANDO de argayos -destierres arrastrados en ladera que comen los caminos- hay uno que fue épico, descomunal y devastador. Iba el ejército musulmán en el año 722 colándose por Picos de Europa para darle a Pelayo con la badila en los nudillos mientras el noble hispanogodo sublevado escapaba delante apretando el culo ante la ingente tropa antidisturbios que le perseguía. Dicen las crónicas que aquel ejército estaba formado por sesenta mil moros (cien mil, según la fábula oficial; ciento ochenta y siete mil, según algún cronista bien pagado, aunque don Claudio lo deja en unos miles, nunca más de veinte). Ya eran tropa, ya, aunque hay quien sostiene que «menos lobos, Froilanín», que a ver con qué carajo y pedrada derrotaron a tanto bulto los sólo doscientos pastorones que hicieron caso a Pelayo y con él se arriscaron. Hay que tirar mucho cantazo y tener mucha puntería para descalabrar a tanta multitud lanzándolas desde el altísimo tejado de unas peñas (¿cuántas hay que lanzar para atinarle a uno en el cogote?, haz la prueba, ¿quince, veinte?, ¿y para romperle el cráneo a todo un ejército?... no hay morrillos en toda esa montaña ni escachando entera Peña Santa). Lo cierto es que, mientras les perseguía el mogollón árabe por aquellos vericuetos, pindias canales y desfiladeros cerca de la Cosgaya cántabra, la fatalidad se conjugó con la suerte y un argayo bestial que removió media ladera arrastró y sepultó a gran parte de la musulmanía, dejando a los de cola y cabeza inconexos, sin órdenes, confundidos, heridos o fracturados. Aprovechó entonces la mesnada de Pelayo el regalo y remató la cosa persiguiendo a los que pudo y rematando a los descalabrados a medias, gran heroicidad de la que pudo nacer un refrán castellano que viene a demostrar cómo somos: «A moro muerto, gran lanzada». Imaginemos cómo contaría después la cosa el de la lanza. De donde se deduce que: Covadonga ye patraña; el relato cristiano y el árabe se parecen lo mismo que una tuerca y un tornillo; la historia se inventa y, después se recalienta o se engorda añadiendo nuevas mentiras, vírgenes, milagros o deshonras; la fábula es más guapa de oír que la crónica veraz; y los cronistas, como tienen que comer, tragan. Bueno, pues nuestra historia igual.

tracking