CORNADA DE LOBO
Grandonismo
LO GRANDE. Siempre lo grande. Ande o no ande. Lo llevamos tatuadísimo en los instintos; en los bajos, sobre todo, y en los altos, casi nunca. Nos gusta la grandeza; más que nada, para ser más que los demás. Es esa cosa animal que nos tira de las tripas y del lado oscuro del corazón... y nos dejamos. De por sí, la naturaleza propende a lo grande, a exagerar; es mandato de todo gen. ¿A qué viene, pues, tanto llenar bocas, letras y leyes con que todos los hombres somos iguales? La igualdad es mentira hasta en su fase de larva o de deseo... pregúntale al subconsciente. Nos pierde la grandeza. «Démelo grande, si cuesta lo mismo»; esto lo llevan especialmente escrito no pocas paisanas en la pared de atrás del cerebro. «Grande, grande la quisiera, que entre las piernas no me cupiera»; tú dí la yegua o la moto, que es adivinanza. La grandeza, como la riqueza, está mal repartida. Otrosí: en esta vida hay tres tipos de talla humana; están los que son grandes de verdad, están los grandones y finalmente están, como Dios en todas partes, los grandísimos hijos de puta (que cada día que amanece, crecen). Y después, en un aparte, esta Chirac, quien, por si nos hubiéramos olvidado, nos ha vuelto a mostrar qué es la «grandeur», ese incorregible y nefando vicio francés del autobombo. Es puro grandonismo, pero dicho en gabacho suena chic y a perfume de chulo con corbata. Chirac ha sacado la lengua a pacer y las bombas de la bodega donde guarda las diferentes añadas de ojivas nucleares. Amenza con ellas a quien se le ocurra hacer en la France algún estrago terrorista. Y se ha vestido del peor grandón que hay, de fantasma, ese grandón que está prohibido como bien saben los que entraban en aquel chigre asturiano donde una cartela en la pared advertía muy seria y hondamente: «Prohíbese cantar, blasfemar y ser grandón». Repito mucho esta estampa, pero es porque mañana se nos vuelve a olvidar (y a Chirac, dentro de tres minutos, que es todo lo que dura la memoria de una anguila). Sacando sus bombas por la bragueta, Chirac acaba de regalar argumentos explosivos al enemigo y cien toneladas de pólvora para que los moros picudos y cabreados se rebocen el cerebro antes de freírse. Y es que, al fin y al cabo, todo grandón acaba mereciendo un guantazo o que le sieguen los pies.